Mi fantasía estrella
En la entrada anterior compartí mis primeros recuerdos como sumisa. Aquellos recuerdos no eran, en sentido estricto, sexuales. Solo ahora, con la distancia, percibo la fuerte carga erótica que contenían, aunque sería falso afirmar que los viví como algo sexual en aquel momento. Las fantasías propiamente dichas llegaron años después, cuando las hormonas irrumpieron con toda su fuerza.
Fue a finales de octavo de EGB, con trece o catorce años, cuando mi mente comenzó a generar fantasías recurrentes, casi obsesivas. Lo viví como una explosión interna extraña y abrumadora que, en gran medida, me avergonzaba. Aunque nunca lo compartí con nadie, intuía que la mayoría de mis amigas no albergaban ese tipo de pensamientos.
La fantasía central de entonces —y que aún hoy sigue siendo mi favorita, mi fantasía estrella— era la de estar de rodillas, recibiendo fustigazos. No azotes con la mano ni cachetadas. Solo la fusta o la vara, pura y severa.
Con solo escribir estas líneas, algo se remueve dentro de mí. Un clic preciso, un nudo hermoso y cálido se forma en el estómago y cambio de estado al instante.
Tengo una mente muy activa. Puedo imaginar, tanto dentro como fuera del BDSM, escenas y perversiones de todo tipo, como podéis comprobar en los relatos que voy publicando. Sin embargo, a pesar de esa facilidad para crear, aún no he descrito ninguna escena de fustigamiento con detalle. Y es precisamente eso lo que me ha impulsado a escribir estas líneas.
¿Por qué no lo he hecho hasta ahora? Porque se trata de algo especialmente íntimo. No solo porque sea una práctica que disfruto intensamente en mi relación actual, sino porque representa mi fantasía de referencia, aquel lugar al que acudo —o en el que me escondo— cuando quiero accionar ciertos resortes profundos de mi cuerpo.
Creo que no podría escribirlo con la distancia necesaria de una autora. Porque, dicho sin eufemismos, me pone cachonda.
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Yo también tengo una fantasía de referencia muy antigua y profunda. No sexual. Me costó mucho unir mi deseo de dominar a mi sexualidad. Hoy puedo hacerlo sin problema, lo disfruto y tengo mis kinks bedesemeros. Pero, para mí ambos placeres estaban muy diferenciados y eran, de alguna manera, estancos. Sentía que al mezclarlos, se difuminaba la dominación, se hacía menos intensa, menos real. Restaba, no sumaba.
ResponderEliminarMe costó cambiar eso :)
Perdona Claudie, pero no he visto tu comentario hasta ahora. Me debería haber llegado al correo una indicación de tu comentario pero o no ha llegado o no lo he visto hasta ahora. Ya lo comenté por X y es algo que repito siempre. Aunque haya cosas tradicionalmente consideradas de sumisión o de dominación, el poder de resignificar y dar sentido a nuestras prácticas kink forma parte de cierta madurez. Lo repito hasta la saciedad. Las etiquetas y los clichés están muy bien pero nunca debemos encorsetarnos en ellos. Al final, en una relación D/s sana, lo que es "realmente" dominante y lo que "realmente" sumiso lo deciden el dominante y el sumiso entre ellos. Ese es el consenso.
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