Mis primeros recuerdos como sumisa.

Tengo plena conciencia del momento en el que me dí cuenta de que me gustaba ser sometida. Agosto de 1989 en el pueblo de mis padres. La memoria tiene su propio desarrollo y va dotando de nuevos matices tus momentos pasados. Cuando te traiciona tu pareja, por ejemplo, reconstruyes toda tu relación anterior y aquellos momentos que lo mismo te parecieron mágicos ya no lo son porque relees los viejos signos con los datos nuevos. «¿Cómo coño no me di cuenta de que se portó como un cabronazo aquel día en la heladería?». Lo que en su día viviste como una broma cómplice de pareja, hoy constatas que realmente fue una humillación pública ante tus amigos dejándote como los trapos.




Pero tampoco nos comamos mucho la perinola con esto. No hay que hacer drama. Es normal que nuestras experiencias actuales reconfiguren nuestro pasado y no siempre es para mal. Con esto quiero decir que en su día yo no viví esta experiencia como algo especialmente erótico. De hecho, no lo viví como nada erótico ni sensual. ¡Tenía diez años! Aquella experiencia sólo ha cobrado relevancia a raíz de mi maduración sexual posterior y la toma de conciencia de mi condición sumisa como algo profundo que iba más allá de un mero gusto kinki o fetichista.

Toda mi familia es de un pueblecito de Extremadura. Doy este dato porque yo no nací allí ni hay forma de vincularme con dicho pueblo a partir de los datos que hay míos por la red. Allí pasábamos los veranos, en concreto, todos los agostos para ir a la feria. Por entonces —la cosa no ha cambiado mucho— las atracciones se reducían a cuatro: coches de choques, caballitos (tiovivo), el tren de la bruja, y el pulpo. Este último me traumatizó de tal forma que ya no me he vuelto a montar en ninguna atracción de feria desde que me monté en él cuando a mi padre le regalaron unas entradas. Ya en el instituto con las amigas a la feria íbamos a beber, bailar con el chundachunda electrónico del momento (2 Unlimited, os amo) e intentar que pareciera casual nuestro encuentro con los chicos que nos gustaban.

Otro aliciente de las ferias del pueblo eran los puestos de chucherías y de baratijas de plástico. Yo llegué a tener una muñeca chochona que mi madre debe tener enclaustrada en algún sitio. Y a mis primos les compraron unos juegos de policía. Se trataba de esos set que contenían una pistola, una cartuchera, unas esposas y una placa de plástico de la peor calidad imaginable. Aquello hizo furor entre mis primos que andaban a cada rato jugando simulando el ruido de los disparos con la boca y agujereándose las camisetas con el imperdible de las placas. 

No me relacionaba mucho con ellos salvo cuando mi abuela invitaba a la familia a comer. Entonces, en la sobremesa, mientras los adultos charlaban no me quedaba más remedio que jugar con mis primos en el patio. Me propusieron jugar a policías y ladrones. En concreto, en aquella ocasión iba a ser policías y ladrona. Yo era una ladrona y ellos me atrapaban, ponían las esposas y encerraban en el cuarto en el que mi abuelo guardaba los melones y patatas. El patio de mis abuelo era grande y daba para correr.

Recuerdo perfectamente cuando me atrapó mi primo mayor —tenía un año más que yo; mi otro primo un año menos— y me colocó las esposas de plástico. Al recrear la escena todavía siento un pequeño cosquilleo. El mismo que sentí cuando me las puso. Me encantó. Me pareció lo más genial del mundo. Era una sensación que recuerdo de placer y excitación pero por entonces sin ningún componente erótico ni sexual. Me arrastró del brazo y al poco se le sumó mi otro primo que me arrastraron hasta esa especie de armario que tenía mi abuelo. Allí me encerraron durante un rato con las esposas puestas. Me pareció lo más bonito del mundo. Mi estado natural. Me encantó. Me sentía muy bien y no quería que acabaran. Al rato, abrieron la puerta y me dieron permiso para salir. Recuerdo que se llegaron a sorprender de que no me quitara las esposas. Eran de plástico y mis primos ya sabían el truco para quitárselas, por lo que dieron por hecho de que me las habría quitado. No quise quitármelas, por supuesto. Me encantaba tenerlas. «Ahora tu puedes ser la policía», me dijo uno. Lo sentí como un pequeño insulto. Mis primos estaban —y siguen estándolo— bien educados y entendían que después de hacer ellos de policía me tocaría a mí. Para ellos, ser policía era la parte chula. Pero yo no quería las pistolas ni la placa de plástico. Yo quería seguir siendo la ladrona a la que apresaran. No me costó mucho convencerlos porque era evidente que les encantaba ser los policías. Y así me pasé aquella tarde y otras tantas de aquel verano siendo la ladrona a la que esposaban y metían en el calabozo. Hubo varias variantes, pero siempre el resultado era el mismo. Y siempre me encantaba y sentía el temblor y el estado de excitación que luego he sentido y se amplificó cuando las hormonas juveniles transformaron aquellos sentimientos en algo intensamente sexual. ¿Nací así o me hice? Realmente da igual si la sumisa —o el sumiso, o los dominantes— nacemos así o el entorno nos hace así. El hecho es que lo somos y hemos de lidiar con ello de tal forma que nos ayude a crecer. Si en algo consiste el BDSM no es en las mazmorras o el cuero sino en la capacidad para llevar esos sentimientos a algo hermoso a través de la entrega.  

Comentarios

  1. Me has hecho recordar una experiencia de mi infancia muy parecida.

    De niño (rondando los 9 o 10 años) me gustaban mucho los comics de superhéroes y jugaba en la playa con dos tíos míos a ser Spiderman mientras ellos interpretaban a un par de supervillanos.
    Ellos tienen 8 y 9 años más que yo, así que obviamente me superaban en fuerza, pero yo les daba puñetazos falsos y ellos fingían caer derrotados.

    Ya en aquella época tenía un marcado sentido de la narrativa y pensé que el juego sería más interesante (y más cercano a los comics) si primero hiciera como que ellos iban ganando. Ya sabes, Spiderman acorralado por dos enemigos, no parece haber escapatoria ni esperanza, herido y debilitado, a merced de los villanos. Solo para luego, sacar fuerzas de flaqueza y vencerles.

    Solo que esa vez sentí algo extraño cuando me dejé atrapar por ellos y tirar al suelo (como digo, era en la playa así que podíamos permitirnos cierta "violencia" sin daño). En ese momento no pude entender ni racionalizar lo que sentí, pero recordándolo ahora puedo decir sin miedo a equivocarme que fue excitación sexual masoquista.

    Era una sensación ... decadente, sucia, corrupta, incorrecta (los villanos ganan) y llena de una vergüenza humillante que sin embargo me resultaba irresistible. Quería sentirla más. Con el tiempo, fui reconociéndola en otros momentos. Por ejemplo, cuando veía en una película al protagonista hundirse en arenas movedizas. Una parte de mí quería que no lograra escapar de ellas, que se hundiera, sucio y derrotado (hace poco escribí un relato sobre esto, pero debe ser un fetiche tan de nicho que no ha generado ninguna reacción jaja).

    Pero divago; vuelvo al juego en la playa. Después de un rato jugando y Spiderman invariablemente siendo derrotado, de maneras cada vez más evidentes y sencillas para sus enemigos, el juego fue interrumpido por la llamada de mis padres para comer o algo así. Pero uno de mis tíos me preguntó luego: ¿Por qué te dejabas ganar todo el tiempo?

    No supe que contestar, así que mentí alegando que estaba cansado o algo así, Porque sí supe que, de tener una respuesta, esta sería vergonzosa y, sobre todo, incómoda, secreta. No sabía por qué pero sí sentía que no debía ser sincero, que era algo íntimo, personal y perverso, no apto para explicar a familiares.
    Por supuesto, no hay nada de que avergonzarse en realidad por tener tendencias sumisas y sadomasoquistas, pero, claro, ese niño de 10 años que era yo aún no lo sabía. Tampoco sabía que de adulto ejercería de Dom la mayoría de las veces ;)

    Por cierto, 2 Unlimited era mi grupo favorito con 13 años. Tenía la habitación entera empapelada con posters de ellos dos. Y, bueno, la chica, Anita, estaba como un queso y fue musa masturbatoria mía durante un tiempo jajaja.

    Y creo que es suficiente por hoy de confesiones íntimas.
    Gracias por escribir esta entrada, me ha parecido super interesante.
    Un abrazo

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  2. Muchísimas gracias por compartir tu experiencia!!! A menudo contacta conmigo lectores y lectoras y han tenido sensaciones parecidas en la infancia. Yo siempre he pensado que con esta tendencia se nace. Pero en el fondo da igual si se nace así o no, porque el hecho es que lo vivimos a nuestra manera. Todavía de vez en cuando, gracias a youtube, escucho alguna cancioncilla de 2 Unlimited. Por entonces a mi Ray Slijngaard no me llamaba la atención, aunque creo que ha ganado con el tiempo y ahora se ve más como un maduro interesante. ¡Gracias de nuevo por comentar!! ¡¡Un beso!!

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