Fantasías y límite en el BDSM: exclusividad en la pareja y salud mental.
Hacía días que andaba dándole vueltas al impacto de las relaciones BDSM en mi salud mental. Ya sé que «salud mental» no es un término del todo correcto. No existe una «salud mental» separada de la «salud corporal o física». Existe una única salud, la salud personal, la de la persona por entero con toda sus dimensiones y la psicológica es una más de esas dimensiones que está ligadas a todas las otras. A estas cosas andaba dando vueltas cuando una reflexión de Eved sobre la exclusividad en las relaciones D/s me va a permitir hablar sobre los límites, nuestras fantasías y nuestra salud personal.
Cuando alguien del mundillo BDSMero afirma que «el verdadero sumiso/a es de tal modo», o «una Dómina (o Amo) verdadera hace tal o cual cosa con su Sumiso/a», generalmente lo que está haciendo no es otra cosa que intentar imponernos como normativo su fetiche o fantasía particular. Pero que una práctica esté extendida o sea popular en una comunidad no la convierte en canon ni norma férrea capaz de marcar una identidad. La identidad del BDSM si está en alguna parte está exclusivamente en la propia relación de dominio y sumisión entre las partes. Cómo y de qué forma se establezca importa relativamente poco porque adquiere en los hechos infinidad de maneras, tantas como nuestra calenturienta y kinki imaginación nos permita.
Aquí vuelvo con algo que repito hasta el aburrimiento en clase: hay una diferencia crucial entre una afirmación particular y una universal que establezca un deber-ser normativo. Las primeras, son tolerables en la medida en que no me comprometen ni me implican. Las segundas, me incluyen y por tanto, estoy legitimada para responder. Es muy distinto afirmar que el collar es un bonito signo de sumisión en las pŕacticas BDSM para quien quiera utilizarlo; que decir que el verdadero sumiso o sumisa debe llevarlo para ser «auténtico» y si no, no lo es y queda excluido. Ahí ya te estás metiendo en mi vida, en la vida de todos, y podemos contestar y hasta cabrearnos un poquito.
Con la exclusividad en las relaciones pasa lo mismo. Los summies tenemos una capacidad de dolor y humillación generalmente mayor de lo que la gente vainilla puede imaginar. Así que hay quien sueña con ser prostituida (o prostituido, incluyámoslo también a ellos), feminizados, masculinizadas (de esto se habla poco), marcados, anillados, hasta amputados y cosas más heavies. Pero nada, absolutamente nada, es verdaderamente necesario para estar en una relación D/s incluido el compartir la relación con una tercera persona. Y no sólo en el plano puramente de la sexualidad genital. La exclusividad puede incluir no practicar sesiones con otros sumisos o sumisas incluso sin que haya ese tipo de acto genital.
Los motivos por los que optar por la exclusividad son muchos y yo daré aquí los míos.Personales pero no intransferibles, así que pueden servirte a ti si quieres. En las relaciones afectivas, una persona se implica emocionalmente a unos niveles que no se implica en una relación que sólo consistiera en una sucesión de sesiones más o menos teatralizadas. Esto último está muy bien para quien quiera disfrutar sin implicarse personalmente pero hay quienes necesitamos mucho más. Incluso quien ha comenzado una relación con alguien vainilla y quiere dar un paso más respetando también a la otra persona que no tiene por qué querer incluir a nadie más en la ecuación.
Y aquí es donde quería llegar desde el principio. El BDSM tiene que ser seguro en el plano físico. Hay que saber lo que se hace y hacerlo con cuidado. Pero también debe ser sano en todas las dimensiones de la salud y esto incluye la llamada salud mental como parte de esa salud personal de la que hablaba. Y así, en mi caso, aunque pueda haber fantaseado con la entrada de otra sumisa en la relación sé que no podría soportarlo. En la anterior confesión puse un ejemplo de cómo funciona mi mente. En el periodo en el que buscaba quedarme embarazada tuve grandes temores de que mi marido embarazara a otra y se fuera con ella. Racionalmente sabía que era una especie de paranoia mía, un pensamiento intrusivo de esos que una no controla. Pero ahí estaban. ¿Inseguridad?¿Complejo de inferioridad? Seguramente todo ello y algo más, pero ahí estaban. Si tienes hipertensión no es bueno atiborrarse de patatas fritas rebozadas en sal. Si eres dibético mejor que no te zampes tantas torrijas aunque te encanten. Hay cosas que incluso gustándonos o generándonos placer pueden hacernos daño. Y esto ocurre también respecto a nuestro equilibrio psicológico. He tenido varias fantasías sobre incluir a otra sumisa en nuestros juegos pero sé que iba a pasarme factura en forma de angustia, depresión, obsesiones y compulsividad además de sentimientos de culpa y Dios sabe qué se le ocurra a mi mente cavilar. Si además a mi pareja no le agrada la idea, ¿hay que hacerlo porque a algún iluminado se le ha ocurrido que es lo que hay que hacer para ser una «verdadera» o «auténtica» nosequé del BDSM?
Las conclusiones que saco de todo esto son varias. La primera, dejar de hacer caso a internautas pajilleros que sueñan con tener un harén de sumisas a las que follar por cada uno de sus agujeros. Si pueden y quieren llevar a cabo sus fantasías que les vaya bien, me alegro por ellos, pero que no quieran imponernos sus fetiches. Y esto vale también para la dominación femenina. Si un Ama quiere tener a cientos de sumisos, bien por ella. Nada que objetar mientras no desprecie a las dóminas que no busquen eso. La segunda, es que no sólo hay que consensuar las cosas, no sólo deben ser seguras y sanas físicamente. También deben darnos paz mental o por lo menos no perturbar más nuestra vivencia emocional y psicológica. Si una práctica, aunque te guste, te hace daño, no la hagas. Esto vale tanto si se trata de introducirte algo por algún agujero de tu cuerpo como si es un juego puramente mental. Si te daña a cualquier nivel, no lo hagas o busca la dosis correcta que te impida caer en el abismo.
Un ejemplo personal. No puedo meter a una tercera persona en la relación pero sí puedo fingir ser una tercera persona. Antes incluso de que introdujéramos dinámicas puramente BDSM ya practicaba el roleplay: finjo ser otra persona con mi esposo y la verdad, que me excita bastante. No es tan distinto de quien no puede meterse por algún orificio algo de treinta centímetros y empieza con el dedito. De avanzar o no, depende de que te conozcas y ésta es la lección final. El BDSM supone también un camino interior de autoconocimiento. Suena un poco místico y pedante pero también se aplica a cualquier cosa de la vida. Cuanto más te conozcas más podrás poner límites, podrás ponérselos a otros y podrás incluso explorar traspasarlos. Si no, estarás a merced de la marea y esa marea es muy peligrosa cuando se trata de grupos de pajilleros calenturientos que sólo andan opinando en twitter o sentando cátedra en un foro sobre lo que es el auténtico BDSM.


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