HOTELES (Tercera parte y por fin algo de BDSM). CONFESIONES DE UNA ESPOSA SICALÍPTICA.

La relación de sumisión bedesemera que mantengo con mi marido sigue, en sus reglas, un modelo de Common Law más que de Derecho continental. Todavía no tenemos un protocolo escrito como tal sino más bien una serie de normas que hemos ido pactando con el tiempo, casi siempre de modo explícito mediante discusiones y alguna que otra regla implícita fruto de la relación matrimonial y que perduran por costumbre y porque ninguno de los dos quiere cambiarlas. Y sí, he dicho “discusiones” y no charlas ni diálogos deliberativos. Cada vez que hemos abordado el tema de manera directa siempre sufrimos un poquito y no tanto por el tono sino porque hemos de abrirnos a nuestros gustos, temores y fantasías y con ello a ser juzgados por la persona que amamos. Me pongo en la piel de él y veo que no es fácil escuchar a quien tienes por una amiga y compañera empoderada a la que admiras intelectualmente que ahora puedes fustigarla con ardor mientras está atada y amordazada al tiempo que le lanzas insultos humillantes que ni en sueños habrías pensado decirle a la mujer de tu vida. Tampoco fue fácil para él dejar salir esos deseos masculinos ocultos y que no decía por miedo a que lo considerara un machista heteropatriarcal que sólo pensaba en sí mismo. «Son cosas que siempre he tratado de no pensar», me dice. Le he ido sonsacando cosas de ese reverso tenebroso varonil pero la que más ternura me ha causado es la relacionada con la lencería. Jamás, desde que lo conozco, me había dicho qué debo ponerme ni cómo vestir. Un chico bien educado que se sabe la lección y sólo respondía cuando yo le preguntaba. «¿Te gusta cómo me queda este pantalón?», «¿La falda plisada o ésta otra?», «¿Me hace gorda este vestido?». Y las respuestas a todo esto siempre eran lo suficientemente calibradas como para no hacerme daño y ser fiel a lo que pensaba. «Si te gusta a tí, está bien», «Con cualquiera te ves bonita», «Deja de decir que te ves gorda, joder, a tí te queda bien cualquier cosa». Con estos precedentes me costó más sacarle que le ponía cachondo que utilizara determinado tipo de lencería que descubrirle que estaba dispuesta a mamársela en más ocasiones de las que él hubiera imaginado en su vida.

Ya dejaremos para otra ocasión lo de la lencería porque esta introducción no es puramente retórica. Creo que ayuda a comprender el contexto de la segunda noche más tórrida pasada en los hoteles. Después de la anécdota de estudiante, retomo la obligación de narrar el ranking de los tres mejores polvos que mi marido y una servidora hemos echado en estos lugares. Debéis tener en cuenta que, en realidad, es el ranking de mi marido. Yo hubiera colocado este en primer lugar, y si seguís leyendo podréis deducir fácilmente el motivo.

Si el primero ocurrió sobre el 2009 daremos ahora un salto para colocarnos en torno al 2015 cuando ya llevábamos casi un año de casados. Comenzamos a buscar un hijo desde bastante pronto ya que no quería ser una madre tardía ya que a más edad, mayor riesgo. En España, la media en la que una mujer tiene su primer retoño está en torno a los 31,5 años y yo lo acabaría teniendo a los 35. Ya sea por mi carácter ansioso, por mis lecturas obsesivo-compulsivas sobre embarazos o por la mezcla de todo ello, nos pusimos a los pocos meses a buscarlo. Estas cosas las hembras creo que nos la tomamos de otro modo que los varones. Si no queréis generalizar, al menos yo me lo tomaba con un entusiasmo malsano. Jose parecía no importarle el asunto: «Llegará cuanto tenga que llegar, deja de preocuparte». Pero en mi mente no llegaba. Racionalmente estaba enterada del asunto: sabía las posibilidades de un embarazo, hacía los cálculos de la ovulación y sabía racionalmente que no era necesariamente instantáneo. «¿Y cómo es que algunas zorras se preñan a la primera, joder» era básicamente el pensamiento intrusivo que recurrentemente me abordaba. La señora Ansiedad presidía mi mente y en vez de rumiar nuevas formas de follar salvajemente o el modo de poner a mi semental caliente para que cumpliera con sus funciones procreadoras yo sólo pensaba en clínicas, tratamientos de infertilidad, buscaba información sobre adopciones en internet, ¿y si la culpa es mía? ¿y si es de él? ¿y si somos incompatibles? De algún modo todas mis preocupaciones se transmitieron a mi marido y puedo decir, sin duda alguna, que ese periodo ha sido el de peor sexo de mi vida. Redactando esto se lo he comentado a Jose y me ha dicho: «Mucha cantidad, pero poca calidad». Yo no tengo ni conciencia de que hubiera mucha cantidad. Sólo recuerdo la ansiedad. Tampoco fue mucho tiempo —cuatro o cinco meses quizás, no me he puesto a contarlos— pero en mi mente computan como sexenios.

Pues bien, en este periodo tuve que presentar una ponencia en un congreso en la Universidad Carlos III de Madrid. En circunstancias normales hubiera ido sola pero dada mi situación mental deseaba que él viniera conmigo. No quería recurrir a la medicación y como su presencia me tranquiliza, Jose pidió en el trabajo unos días de permiso sin remunerar y me acompañó. Oficialmente esto es lo confesable y lo que le dije en su momento a mi esposo, que mentira no era. Pero extraoficialmente, os confieso ahora —y le confieso a él que lo va a leer—, que también me obsesionaba la idea peregrina de que él aprovechara que me iba al congreso para preñar a otra y luego irse con ella. Así dicho parece absurdo porque realmente lo era. Yo sabía que eran pensamientos irracionales pero aún así los tenía.  Este tipo de pensamientos son los que torturan la mente de alguien con ansiedad y es cuando la ansiedad es un problema. Estar preocupado por cosas que van a suceder, es normal. No lo es tanto cuando montas películas y temes precisamente a esas películas que te montas.

Habíamos reservado un Hotel cerca de la Puerta del Sol. Con el metro podríamos llegar al congreso sin problemas y disfrutaría del centro de Madrid. Pasear por la Gran Vía, Plaza de España, y entrar en librerías siempre que nos topásemos con una. Cenamos en un restaurante gallego, creo, o asturiano. Ya no me acuerdo. De vueltas al hotel, nos duchamos. Primero yo y luego Jose. Mientras escuchaba el agua caer desde la cama me arrepentí de mi atuendo. Me había puesto el pijama demasiado pronto y no me sentía especialmente sexy. Escucho la maquinilla de afeitar.

—¿Lo intentamos?— Le pregunté sin levantar mucho la voz. No me escuchó y se lo volví a repetir. 

—Vale.— Fue todo lo que contestó.

Como si fuéramos a jugar al Parchís. La situación me pareció un poco penosa y hasta triste. Por fin salió del cuarto de baño, sólo llevaba la toalla amarrada a la cintura. Evidentemente no recuerdo con exactitud taquigráfica la conversación pero sí que yo le planteé si no le parecía todo muy mecánico. Coincidimos en que desde que decidimos el embarazo la cosa se había vuelto excesivamente monótona. Rutinizada. Casi burocreatizada. Entonces llegó mi gran propuesta: «¿Por qué no hacemos algo de lo que me gusta?». Hoy día, sobre todo desde el 2023, hemos avanzado en nuestra relación Dominación/sumisión pero entonces no era así. Mis gustos sexuales era algo de lo que hablábamos de vez en cuando pero en la mente de mi marido era algo así como sus fantasías eróticas juveniles. Cosas que se piensan pero nunca se acaban realizando quedándose ancladas en el limbo de lo posible pero improbable. Pero lo mío no eran meras fantasías sino algo más profundo cómo ha podido ir descubriendo poco a poco. No sé qué esperaría exactamente que ocurriera pero después de unas semanas de rutinario sexo mecánico-procreativo cualquier novedad sería bienvenida.

—Quédate ahí.—Salté de la cama y no dejé que diera ni un paso. Me acerqué a él y le pedí que no se asustara, lo cual, evidentemente, lo asustó.

Primero me quité la parte de arriba del pijama quedándome sólo con el pantalón puesto. No llevaba sujetador. Le quité la toalla. Pienso que en otras ocasiones ya abría comenzado a empalmarse, sobre todo si pensaba que iba a hacerle una felación. Pero su cabeza en aquel momento debía estar dándole vueltas a las conversaciones que había tenido con él. De todas las fantasías y cosas que me gustaban de la que habíamos hablado, ¿cuál elegiría yo?

Sé que la situación es extraña. En principio, la sumisa soy yo y el dominante debiera ser él. Pero como digo siempre, es cuestión de perspectiva. Ser sumiso no significa necesariamente ser pasivo o inactivo. Y un dominante puede dominar con su sola presencia sin mover un músculo. Jose no se inmutaba esperando a ver qué hacía yo. De alguna manera este era un rasgo que me gustaba. Me lo imaginaba pensando algo así como «¿A ver qué va a hacer ahora esta guarra?» y me gustaba. Según me cuenta ahora, no pensó eso, sino que intentaba empalmarse mirándome las tetas. Es curioso como cambian las situaciones según el punto de vista.

Me arrodillé. Seguramente pensó que dirigiría mi boca a otro sitio más interesante para él, pero lo que ocurrió es que bajé la cabeza hacia sus pies. Comencé por el derecho. Le quité la zapatilla y comencé a besarlo. Todavía estaba húmedo. Fui aumentando la intensidad de los besos. Pasé luego al otro pie, que también descalcé. Estuve así bastante tiempo, la verdad, porque aquello me ponía a cien. Especialmente estar arrodillada y entregada. Recuerdo el dolor en mis rótulas y un sentimiento de humillación que tal vez estaba sólo en mi mente pero que hacía que se me encogiera el estómago. Casi mejor que un orgasmo. Miré hacia arriba para conectar con su mirada. Intuí que en él había una mezcla entre extrañeza, temor y excitación por la novedad. Bajé de nuevo mi rostro y pasé de los besos a los lametazos. Lamí sus pies durante un buen tiempo y en cada una de las partes. Y entonces ocurrió uno de esos momentos que parecen pequeñísimos, casi estúpidos, pero que para una persona, para una pareja, tiene un significado especial. Mientras le lamía uno de los pies, no me acuerdo de cual, puso el otro sobre mi cabeza y suavemente me la pisó haciendo que mi rostro se pegara al suelo. ¿Por qué para mí fue importante? Pues porque era una de las cosas que le había dicho hacia tiempo que me encantaría probar y que él hizo en ese momento sin que yo se lo pidiera. Entonces supe que podía gustarle este tipo de sexo, que podíamos buscar un punto en común con esta rara sexualidad que tengo. «Gracias», respondí a aquel gesto de dominación. Me salió del alma y no diré que tuve un orgasmo pero sí que mi vientre se contraía una y otra vez traspasado por un placentero escalofrío.

Cuando apartó su pie volví a las lamidas no sin antes mirar de reojo para arriba. Su polla seguía flácida. ¿Acaso no le gustaba lo que le hacía? Al rato pasé a la siguiente fase: chuparle el dedo gordo como si fuera la polla. Me esmeré, la verdad. O al menos creo que lo hice. Y no del todo mal porque cuando volví a mirar para arriba ya se había empalmado. Sonreí y volví otra vez, alternando besos, lamidas y chupadas en sus pies. Él volvió a pisarme la cabeza —con delicadeza, es cierto, pero lo hizo— y yo seguí enfrascada en aquella adoración que me encantaba. Perdí la noción del tiempo, así que no os puedo precisar. Sé que llegado el momento tuve que hacerle el regalo que se merecía y subí poco a poco desde sus pies hasta su cintura para agradecerle con una mamada lo bien que me sentía. Me sentía a gusto, la verdad. Pero no quise chupar más de la cuenta porque había que intentar hacer un bebé, así que me incorporé de nuevo. Nos besamos y nos acercamos a la cama. Me bajó o me bajé, ya no lo sé, el pantalón del pijama. Lo que sí me acuerdo es que no me los quité totalmente. Se me quedó el pantalón enrollado en los tobillos. Me dí la vuelta y me tiré boca abajo en la cama. Mi marido, como solía hacer, intentó estimularme pero yo ya andaba bastante estimulada. Ya había tenido mi calentamiento previo y ahora lo que quería era la culminación. «Fóllame ya». Si no le dije esto, fue algo parecido, pero vamos, muchos sinónimos alternativos no hay. Así que lo hizo y bastante bien. Entre bufido y bufido acabé corriéndome antes que él, cosa que hasta entonces era bastante extraña. Una vez que confirmó mi orgasmo, se dejó llevar, aumentó el ritmo de los empellones y descargó su hombría exhalando un pequeño gritito. Aquella noche no me quedé embarazada pero sí que tuve la sensación de que algo nacía, y sobre todo, de que podía seguir creciendo.

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