Taconazos
El pasado 25 de mayo ocurrió algo extraño por primera vez en los cuatro años que llevamos mi Dom y yo tomándonos en serio nuestra relación D/s una compañera de trabajo se fijó en algo que, hasta ese momento, había permanecido exclusivamente entre nosotros. No fue nada extremo, ni rebuscado, ni siquiera abiertamente sexual. Fue un asunto de tacones. Y sí, voy a remontarme al Precámbrico, porque para entender lo que pasó ese día hay que entender primero mi historia con ellos.
Mi relación con los tacones: pérdida de virginidad taconil.
A mi madre le encantaban los tacones. A mí, en cambio, no me encantaba mi madre, y quizá ese pequeño detalle psicológico bastó para que rechazara de plano lo que en España llamamos “taconazo”: ese tacón de cinco centímetros o más que convierte cada paso en una declaración de intenciones… y en una tortura literal. Llevar taconazos tiene algo de tortura. De tortura de verdad, no figurada ni impostada. Desde los talones hasta la nuca, la columna vertebral recibe cada impacto como un latigazo. Nunca fui de tacones altos. Mis amigas tampoco. Aquí reservamos ese sufrimiento para bodas, comuniones y noches muy especiales. La única persona que conocía que los usaba a diario era una compañera de facultad bajita que compensaba su estatura con cuñas el resto del tiempo y sacaba los taconazos solo para los simulacros de juicio o las exposiciones importantes. Tacones moderados sí había llevado alguna vez, pero mi auténtica pérdida de virginidad taconil llegó en el 2001, justo antes de San Juan. Tenía unos vaqueros skinny (lloro al pensar que entonces podía ponérmelos sin faja 😭) y una camiseta de tirantes. La combinación perfecta, pensaba yo, para salir a bailar Manu Chao ("me gustan los aviones, me gustas tú; me gusta viajar, me gustas tú..." 𝅘𝅥𝅮𝅘𝅥𝅰𝅘𝅥𝅘𝅥𝅮) como si no existiera un mañana repleto de exámenes de asuntos dan divertidos y excitantes como Hacienda Pública o Derecho Mercantil II. Eran unas sandalias slingback azul marino casi negro, acharoladas pero sin llegar a lo vulgar. El tacón… en mi memoria traumática medía diez o doce centímetros; en la realidad, probablemente nueve. Me los até tan fuerte que casi me corto la circulación. El resultado fue épico: rozaduras en los nudillos de los pies, una ampolla en el talón derecho que me martirizó durante días, dolor de espalda y el descubrimiento de que andar con ellos requiere técnica, no solo voluntad. Aquella noche bailé “Dile que la quiero” de Civera y “No rompas mi corazón” del ínclito Coyote Dax convertida en una tiranosauria regia con poca coordinación.
BDSM, relación D/s y "Tacones para follar".
Años después, cuando mi marido y yo empezamos a construir nuestra dinámica D/s, los tacones reaparecieron. La mejor forma de definir el modo en el que lo hicieron se lo leí, creo recordar, a Hécuba con su concepto de "tacones para follar". El conceptos se explica por sí mismo.
Como he dicho, los taconazos se habían reduciendo a eventos especiales y ni siquiera eso porque siempre moderé la altura del tacón. Si queríamos construir una buena relación D/s había que poner nuestros gustos sobre la mesa. Mi buen trabajo me costó que se sincerara, no creáis, en la cuestión del vestuario. Nunca me había dicho qué debía ni qué podía ponerme. Y eso está bien porque nadie tiene que decirte qué tienes que ponerte o no ponerte. Nadie que tú no quieras que lo haga, por supuesto. Y yo quería que lo hiciera. Necesitaba imperiosamente sus órdenes. Quería tener un código de vestimenta de sumisa. Había leído sobre ellos y como sumisa me encantaba la idea. Pero hay que ser realistas y sensatos: doy clases en la Universidad y no es sano llevar taconazos todo el rato. Así que uno de nuestros primeros acuerdos fue su absoluto control de vestuario en el dormitorio. Fuera acabaríamos concretando algunas normas pero en el dormitorio Autócrata es un verdadero emperador de mi vestuario. Mi mayor temor, no os voy a mentir, es que ese control de vestuario acabara reduciéndose a ausencia de vestuario. No es que me disguste andar en pelota picada delante suya en actitud sumisa pero esperaba en secreto algo más que mostrar mis pellejos. Eso sí, estaba dispuesta a resignarme si era su voluntad. Afortunadamente no era partidario de la pura desnudez y uno de los primeros y más hermosos recuerdos que tengo de los inicios de nuestra relación D/s es ir de compras sabiendo que él y sólo él la elegiría. Hay que decir que la cosa era bastante diferente de cuando íbamos a comprar ropa y él sólo era un figurante que me daba la réplica ("¿me queda mejor este o ese?"). Ahora no habría preguntas de mi parte sino simplemente apoyo y asesoría logística para informarle de ciertos pormenores técnicos de la ropa femenina de la que no andaba bien enterado. Así llegaron a casa los primeros tacones para follar. Taconazos rojos de infarto. Por desgracia acharolados. Por fortuna, sin plataforma. Pero dieron (y dan todavía) mucho juego en las sesiones lleve o no lleve el cinturón de castidad. Sólo hay una cosa más erótica que estar delante de tu Dom llevando únicamente los tacones y es descalzarte de ellos cuando te lo ordena.
Dinámicas BDSM en el trabajo.
Tenemos una rutina que nos permite hacer presente día a día la relación D/s de modo. Consisten en un conjunto de dinámicas a realizar en el trabajo como gesto de ofrecimiento a mi Dom. Las órdenes siempre me las da él aunque aproximadamente cada mes (esto en la práctica no es así, pero esa es otra historia) discutimos sobre dichas dinámicas diarias para evaluarlas. Una especie de chequeo a ver si nos estancamos o nos pasamos de la raya. Lo básico y más socorrido es escribirme con rotulador alguna frase (V. gr. "Propiedad de Autócrata"). Al principio las frases me las mandaba por whatsApp pero el Dom ha descubierto el truco infalible para hacerme trabajar un poco más y él ahorrarse quebraderos de cabeza: me suele pedir que sea yo la que invente la frase y luego evalúa si le gusta o no reforzando mi comportamiento como una perra de Pavlov. Nos enviamos fotos que borramos al instante de comprobar ambos que las órdenes se han realizado.
Tenemos cierto surtido de dinámicas para el trabajo: la de la chincheta (algún día hablaré sobre ella) o la del vídeo porno (esta no tiene mucho misterio pero es increíble su efecto). Directamente relacionada con el código de vestimenta hay algunas cosas que ya casi se han convertido en mi estilo y van dejando propiamente de ser dinámicas. Me estoy refiriendo a llevar una gargantilla o la que más nos gusta, el escotazo. A ver, no voy enseñando las tetas por la facultad pero desde luego dejo claro que soy una mamífera de la especie homo sapiens. Si hubiera tenido que apostar a que se darían cuenta de algo hubiera dicho que era precisamente esta exposición mamaria atrevida. No es que sean escotes vulgares ni descarados pero enseño más piel de la que he enseñado en mi vida. Nadie ha dicho nada aunque dudo que no se hayan dado cuenta.
El caso es que este 25 de mayo añadimos una dinámica que a falta de nombre denominaré —ya se lo pueden imaginar— "taconazos". No es nada excesivamente complicado: me llevaría los taconazos en una bolsa a la facultad. Los tendría guardados en el cajón personal y en la clase acordada, me cambiaría el calzado, me hago la foto para el Dom, la envío por el móvil y me plantaría en el aula con los taconazos dando la clase de dos horas. Al acabar, me volvería a mi despacho y retomaría a mi calzado habitual.
Y ahora sí, por fin, la anécdota
Como buena sumisa, cumplí con lo ordenado. Me llevé a la facultad los taconazos metidos en una bolsa de papel de librería. Lo que más me asustara era que alguien me viera dándome crema para evitar las rozaduras. Una cosa es ponerse los taconazos para follar en sesiones en las que andar, lo que se dice andar, se anda poco; y otra estar dos horas moviéndose con unos zapatos prácticamente nuevos y muy poco usados. Tiendo a tener rozaduras así que me suelo embadurnar de crema en los pies cuando estreno zapatos. Y esto era precisamente lo que me daba más vergüenza, que alguien me viera en el despacho untándome los pies. ¿Lógico? Tampoco importa mucho porque en el BDSM se utiliza la lógica hasta cierto punto. Gran parte de lo que gusta de estas cosas es esta liturgia o ritos, estas sensaciones.
Me planté los taconazos de 12 centímetros. Aquí sí, 12 centímetros verificados por pares. Estoy hecha una campeona. Tacones clásicos, esta vez mate, negros sin adornos de ningún tipo (como los elige el Dom tiende a la simplicidad). Allá que fui a dar la clase. El trayecto del despacho al aula y del aula al despacho era lo que sentía como más crítico. No porque me vieran, porque en principio, para eso los llevaba sino porque en clase a unas malas podía moverme menos. Tiendo a moverme en clase, y cada vez más. Ahora todos llevan el portátil y me gusta pasearme por el aula para joderles lo que estén haciendo obligándoles a ocultar o cambiar de ventanas. He llegado a pillar a una alumna con la web del whatapp abierta. Hija mía, si quieres hacerlo hazlo pero ten la picardía de que no me entere. Me hago en público la indignada, que es mi papel, pero en el fondo de mi ser la comprendo.
Lo dicho. A unas malas me estaría allí de pié sobre mis taconazos docecentimétricos. Pero el camino de ida y vuelta tenía que transitarlo. Ahora al escribirlo me parece una gilipollez pero como verdaderamente no estoy acostumbrada a llevar esa cosa en los pies tenía mil temores. Parte de la adrenalina era eso. Al final los llevé bastante bien, para qué vamos a mentir. Di la clase. Me moví quizá menos de lo habitual en mí pero estuve resuelta y con una sensación muy grata de empodera-emputecimiento que quiero repetir. Perpetrada mi clase me volví ufana a la cueva que tengo como despacho. Guardé los taconazos y creí que ahí acababa todo. Pero cuando salí para otra clase me crucé con una compañera de esas que son muy amigas de trabajo pero nada amigas fuera de él. Quiero decir con esto que en el trabajo nos llevamos muy bien pero verdaderamente fuera de la facultad nunca hemos quedado para nada ni hecho nada en común. "Ya no llevas los tacones, ¿parece?". Me pilló de sorpresa porque no sabía qué responder. No tenía respuesta preparada. "Los estoy probando", mentí un poquito. "Son bonitos", me dijo con una sonrisa mientras continuaba hacia su aula.
Así escrito lo releo y me parece una tontería. ¿Le he puesto mucho color? ¿por qué entonces me impactó tanto? Le vengo dando vueltas porque no es que me hubese descubierto alguna frase cochina en el muslo, o me pillado viendo un vídeo guarrete en el servicio. Eso hubiese sido más difícil de explicar. ¿Entonces por qué me impactó? Creo que fue porque al interactuar conmigo me dí cuenta de que mis dinámicas forman parte del mundo real y no de mis fantasías. Algo de fantasía tienen, claro, de eso se trata en gran medida. Si me escribo "Soy tu puta" o "Esclava te doy" debajo de la blusa no significa que realmente sea una prostituta o una esclava en el sentido literal del término. Pero tampoco es ficción. Algo significa. Una forma especial de entrega, un modo real de reconocer su papel sobre mí y una forma de tenerlo presente más allá de su foto con la de nuestro hijo en la cartera. Cuando mi compañera me hizo esa pregunta, cuando lo verbalizó, lo hizo más real todavía. No es algo que simplemente esté en mi cabeza ni en la de mi dueño sino es algo que nos trasciende recordándome que es bien real. Me gusta y me aterra un poquito al mismo tiempo. Y seguramente lo que me aterra es lo mismo que hace que me guste.



Me ha gustado mucho el post, muy divertido. Las palabras «una sensación muy grata de empodera-emputecimiento» me han matado jajaja. La reacción de tu compañera parece que te impactó, pero no parece que fuera más allá que curiosidad. Aun así, me hago una idea de lo que sentiste. Enhorabuena por el post y por vuestra relación.
ResponderEliminarMuchísimas gracias por tu comentario!! Lo del empodera-emputecimiento es más real que la vida misma. "Vamos a salir empoderadas" es la forma fina de decir que vamos a salir a lucirnos un poquito, xDD Te agradezco esa enhorabuena por nuestra relación. Un beso!!
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