Entre la zorra y la esclava. Mis fantasías bipolares de sumisa.

No pretendía hablar de mis fantasías de sumisa, pero aquí estoy, metida hasta el fondo. Diana Darkness tiene varios hilos en X (Twitter) absolutamente brillantes sobre arquetipos femeninos: la colegiala, la guerrera, la damisela en apuros… Arquetipos que, por supuesto, no pertenecen en exclusiva al BDSM ni siquiera al terreno erótico. En la vida cotidiana todos los asumimos según nos conviene. Yo misma he interpretado muchas veces el papel de damisela en apuros para que algún atento varón salga corriendo a rescatarme. ¿Podría haber resuelto sola el problema? Por supuesto. Pero ¿para qué, si así me ahorro el trabajo y, de paso, hincho el ego masculino de los machos de mi entorno? Todavía recuerdo la montaña de artículos que “no conseguía” imprimir en color desde el despacho de al lado.




Aunque mantengo una relación D/s, no vivo mi sumisión como un arquetipo prefabricado. El imaginario BDSM (y también el cultural) tiene su prototipo de sumisa perfecta, pero las personas reales nunca encajamos del todo en él. Tenemos nuestra propia personalidad sumisa, que puede fantasear con encarnar distintos roles. Las mías, en concreto, oscilan entre dos polos opuestos: la sumisa hipersexualizada (la zorra) y la esclava hiposexualizada. Vamos a verlos.

El arquetipo hipersexualizado: la sumisa trofeo o “zorra del Amo”.

Es uno de los clásicos de la literatura BDSM. El Dominante posee a su sumisa y, por tanto, se siente con derecho a exhibirla como trofeo. Minifaldas que son más mini que faldas, lencería escogida según su fetichismo particular, tacones imposibles que ninguna mujer llevaría por placer, exhibicionismo público… La fantasía central es clara: te entregas tanto que él puede convertirte en objeto de contemplación. Esta fantasía tiene dos caras. Una es claramente masoquista: la hipersexualización supone una bajada de estatus, una humillación deliberada. Tu dueño te reduce a carne expuesta. La otra cara, en cambio, es liberadora: al hipersexualizarte, él saca de ti un potencial que tú sola no te atrevías a liberar. Al saberte suya, puedes “zorrear” sin la carga moral de tomar tú las decisiones. No creo que una sea mejor que la otra. Tengo una vena masoquista bastante marcada, así que reconozco el enorme poder erótico de la versión humillante.

El arquetipo hiposexualizado: la esclava degradada.

En el otro extremo está la fantasía de ir perdiendo progresivamente los atributos sexuales hasta convertirte casi en un objeto. A veces se llega directamente a la fornifilia: ser usada como mueble o herramienta sexual sin identidad propia. Resulta interesante compararlo con la versión masculina. Apenas existen fantasías de “masculinización” de la sumisa, mientras que la feminización (o emasculación) del sumiso es muy común tanto en FLR como en BDSM. Mi hipótesis es que, en nuestra cultura, lo femenino sigue asociado a la vulnerabilidad y la debilidad, y lo masculino a la fuerza y el peligro. Masculinizar a una sumisa sería elevarla, convertirla en amenaza para el Dominante. En cambio, feminizar o neutralizar al varón (con una caja de castidad, por ejemplo) es quitarle el peligro. Al varón también se le puede convertir en objeto, sí, pero el trasfondo sigue siendo el mismo: lo has domesticado y quitado el peligro.

Recapitulación

Estos arquetipos son, en gran medida, literarios y exagerados. En el mundo real apenas existen en estado puro y no es deseable que existan tal cual como nuestras fantasias los proyectas. En mi vida cotidiana, no quiero generalizar, basculo como un péndulo entre ambos extremos. Hay días en que deseo intensamente hipersexualizarme bajo el control de mi Dom, “zorrear” sin límites. Otros días quiero desaparecer como ser sexual: raparme, sentirme fea, convertirme en algo casi asexuado ante sus ojos y los de todo el orbe. No es disforia corporal. Es otra cosa. Es la necesidad de explorar ambos extremos de la entrega. Y ahí es donde el rol del Dominante se vuelve fascinante: actúa como un estabilizador, detectando cuándo me estoy cargando demasiado hacia un lado o hacia el otro y ajustando la dinámica para mantener el equilibrio. Es como un diferencial eléctrico en el que yo actúo como corriente que no se deja controlar totalmente. Al final, mis fantasías de sumisa no buscan un arquetipo concreto. Buscan la libertad de poder ser todo eso —y nada de eso— bajo su mirada.

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