Tiramisú con crema
Incidente con un tiramisú.
Las siguientes líneas que voy a escribir forman parte de un castigo que ahora culmina. En la pasada Semana Santa esta servidora fue con su Dom a cenar a un restaurante argentino, que viene a ser un italiano pero con mejores carnes. Recuerdo con agrado la pasta. Nos sirvieron el postre y me zampé casi por completo el tiramisú del que se suponía debía dar cuenta mi marido. Lo que empezó por un simple "déjame probarlo" acabó siendo una prospección arqueológica que sólo dejó en el plato la nata y el cacao en polvo que lo adornaban. Había incumplido una orden y debía ser castigada. El asunto del tiramisú se comentó en X/Twitter y hasta se hizo una encuesta: el 51,7% votó por los azotes y azotes acabaría teniendo. Pero mi Dom quiso añadir un castigo suplementario porque a fin de cuentas —me recordó— había sido algo peor que desobedecer. Él, en verdad, nunca me había dado ninguna orden. Yo pregunté y él se calló. «Quién calla otorga», hubiera sido mi argumentación en una situación vainilla. Pero no estoy en una relación vainilla. No puedo dar por sentado lo que mi Dom quiere. Tengo que escucharlo de su boca o verlo en su mirada. Y la verdad, mis ojos miraban aquel tiramisú y mi boca se hacía agua pensando en probarlo. Así que mi Señor tenía razón: el castigo debía tener algo más. A fin de cuentas, los azotes me gustan. Decidió que era el momento de llevar a cabo algo que ya nuestras mentes calenturientas —la mía más que la suya— venían dándole vueltas. Debía ser algo morboso y estaría relacionado con líquidos que salen del cuerpo.
Sumisa a todo lo que sale de mi Dom.
Toma un vaso y escupe en él. A continuación, intenta tragarte su contenido. La mayoría de las personas suelen sentir repulsión con sólo explicar el acto. Con este ejemplo, el filósofo Slavoj Žižek planteaba una interesante paradoja: segundo antes de escupir ese mismo líquido había estado en tu propia boca y aún así la mayor parte de la gente sentiría reparos en volverlo a ingerir. Pues bien, esta experiencia va precisamente sobre la paradoja de lo morboso y de los líquidos que salen de nuestros cuerpos. En especial, de nuestro Dominante. Ya lo escribí hace tiempo en X/Twitter: las sumisas tenemos una extraña relación con los líquidos que emanan de nuestros Dom. Si se quiere, no generalicemos. Al menos yo lo tengo. El semen de mi Señor es una prolongación de Él mismo y allá donde esté, allá está mi Dom y con él mi sumisión. El castigo consistiría en algo nuevo en nuestras dinámicas: él eyacularía sobre el tiramisú y la que escribe tendría que comérselo. Y además se añadía un giro nuevo al castigo: tendría que contarlo públicamente en mi blog.
Semen azucarado.
Que escriba de forma anónima no impide que sienta resquemor y vergüenza al contar la experiencia. En cierta manera, me gusta que sea así porque esa vergüenza me hace sentir que realmente estoy cumpliendo un castigo.
Mi Dom compró dos tiramisú del Carrefour tamaño familiar (podéis ver el enlace aquí) pero sólo acabaríamos utilizando en la sesión uno. Preparamos todo con esmero. En nuestra dinámica distinguimos entre lo que llamaos “encuentros” y lo que llamamos “sesiones”. Un “encuentro” es sexo o alguna práctica erótica simple aunque siempre dentro de nuestra relación D/s. Esto quiere decir que no requieren de una preparación especial y suelen ser relativamente espontáneos. Las “sesiones” son diferentes. Una sesión requiere una planificación previa. Ya sea porque debemos informarnos bien de la práctica que vayamos a realizar, ya sea porque hay que cuadrar los horarios y ver nuestra agenda. Si vamos a jugar con mis senos, por ejemplo, y torturarlos un poquito, no es plan que tenga visita al ginecólogo en los días siguientes. Si vamos a la playa con mis padres, no es bueno que vean ciertas marcas. Además está el niño. Generalmente, preferimos que cuando programamos una sesión pase la noche con los abuelos para mayor tranquilidad.
Los preparativos de aquella sesión incluían un inusual intercambio de prácticas. Hasta entonces sobre mí recaía siempre la práctica del “edging”, ya sabéis, llevar al límite la excitación sexual sin llegar al orgasmo. Reconozco que como sumisa me había acostumbrando a la parte cómoda: la pasiva. Pero mi Dom pensó que era bueno “acumular material” para la sesión, por lo que tres días antes tuve que calentarlo debidamente pero sin que llegara a eyacular. Me gustó este pequeño intercambio de roles pero me resultó muy difícil porque de modo innato lo que mi naturaleza pide es contentar y ver gozar a mi Dom. Si no fuera por su disciplina y certeras órdenes me hubiera entusiasmado demasiado, pero él me controló perfectamente.
Llegó la noche de la sesión. Mi Dom impecablemente vestido de traje y corbata. Yo esta vez en cueros vivos salvo por mi cinturón de castidad. Con él recibí los azotes pertinentes con la fusta. Los azotes cuando se lleva el cinturón puesto se sienten de modo distinto a cuando no se lleva. El fustazo transmite las vibraciones por todo el cinturón. No sabría describir si duele menos o más. Sí sé que las sensaciones son diferentes. Lo disfruté.
Pasado el primer castigo, vendría el segundo. Me mandó ir a la nevera a por el tiramisú. Puede parecer una tontería pero este fue uno de los momentos que más me gustaron y más carga erótica acumuló en mí. Cruzar descalza y desnuda todo el pasillo desde nuestro dormitorio a la nevera. Sentir el frío al abrir la puerta del electrodoméstico y volver hacía los pies de mi Dom con aquel tiramisú que a mí me parecía gigante. Pedí permiso para entrar con él en la habitación. Se me concedió. Me arrodille con él pero no por mucho tiempo.
—¿Y la cuchara? —No había pensado en aquello, la verdad. Mi subconsciente me traicionaba.
—Pensaba que iba a comérmelo así, Señor.
—¿Así? ¿Así como una perra?
—Podría comérmelo como una perrita, Señor. Puedo hacerlo.
—Anda y ve a por la cuchara.
Me quedé paralizada por unos segundo.
—¡A por la cuchara, ya!
Ese “ya” se me clavó en el alma. Me levanté rápidamente.
—No corras.
Volví a la cocina descalza. En la noche se escucha perfectamente el sonido del candado del cinturón por todo el pasillo. En la cocina busco una cuchara. Pero no quiero que sea de las que utilizamos a diario. Empiezo a buscar en el fondo del cajón donde guardo la cuvertería de invitados. «Si los invitados supieran para qué va a servir la cuchara…»
—¡Es para hoy, señorita!
A veces me llama así, “señorita”. Me gusta y no sé muy bien por qué.
Encuentro la cuchara que ando buscando y me vuelvo a la habitación. Pido de nuevo permiso para entrar. Se me concede y me arrodillo a sus pies junto al tiramisú. Me mira y sé que tengo que quitarle la tapa. Ya está listo para recibir el aderezo de mi Dom.
—Sácala.
Este es uno de los gestos que más caliente me ponen. Arrodillada abriendo la bragueta de mi Dom vestido de modo impecable. Se la saco y recibo las instrucciones pertinentes. Con una mano tomo el tiramisú y con la otra debo masturbarlo hasta que eyacule sobre el postre. No es tan difícil, pero temo no apuntar bien. La gracia del asunto es que el tiramisú quede rebozado. Le pongo empeño pero noto que mi Dom se resiste a correrse. Es una pequeña tortura para mí porque sería todo mucho más fácil si descargara rápido. No sé cuanto tiempo pasó. De rodillas el tiempo parece alargarse. Y si encima estás sosteniendo un tiramisú enorme en una mano todavía se alarga más. Al final mis esfuerzos dieron sus frutos y acerté a que descargara completamente sobre el postre.
No tiene que decirme nada. Sólo mirarme. Sé lo que tengo que hacer. Pero él nota que ya estoy dolorida de estar de rodillas y se apiada de mí.
—Siéntate en el suelo.
—Gracias Señor.
Me siento en la solería con las piernas abiertas y el tiramisú a la crema entre mis piernas. Cuchara en mano tomo el primer trozo. No dudo, la verdad, y con decisión me meto el trozo en la boca. Estoy acostumbrada a su semen y esperaba que aquello fuera especial. Pero aquí hay que ser brutalmente sincera. Aquello no sabía a nada. Bueno, sí. Sabía a tiramisú. Era tan terriblemente dulce que su sabor asfixiaba el del semen. Mi marido comienza a reírse y yo también. Sigo comiendo y no podemos parar de reírnos los dos. Él intenta hacerse el duro muy metido en su papel de Dom pero acaba por vencerle la curiosidad.
—¿A qué sabe?
—A nada, Señor. Literalmente, sabe sólo al puto tiramisú de los cojones.
En mi mente me lo había imaginado todo de modo distinto. Es cierto que la situación tiene su punto de humillación. Pero seamos sinceros. Cuando has catado semen directamente de la fuente esta práctica es más morbo y kink que humillación. Lo que más me gustó de la experiencia fue nuestras risas. Me encanta verlo reírse de esa forma con lo que hago y a mí me encanta reirme con él y lo que le provoco. El BDSM no tiene por qué ser siempre caras largas y sufrimiento. Ese rollo satánico-gótico de mazmorra pseudomedieval está bien para el que le guste pero no es obligatorio. Nada en el fondo lo es. Nuestras prácticas también pueden incluir las risas y ésta es la conclusión final que quisiera transmitir de aquella experiencia. Después de las risas hicimos alguna otra cosa más pero eso ya no entra dentro de mis obligaciones contarlo.



Comentarios
Publicar un comentario