Tetas muertas (I). La historia erótica de una zombi.
Unos intercambios de mensajes con la gran Claudie Juglans me dieron la idea de realizar este 'pequeño homenaje' al último premio Planeta. Aprovechando que pronto llega el Día de Todos los Santos y el de los Difuntos, comienzo esta saga que espero que no sea muy larga pero sí muy divertida.
Aquellas grandes tetas no paraban de moverse compulsivamente. Hipnóticamente. Eran como dos flanes gigantes encima de una lavadora vieja en pleno centrifugado. Estaban muertas, ciertamente, pero rebotaban a cada espasmo de la Sujeto n.º 69008. El doctor Octavio López las observaba absorto recreándose en cada movimiento aleatorio y en cada bote repentino de aquellos senos morados y costrosos. Ni siquiera tenía que esforzarse en fingir una impostada neutralidad científica. ¿De qué serviría un postureo aséptico en un mundo apocalíptico lleno de zombis?
—Tío, deja de mirarle las tetas ya y sácale el puto líquido ese que les sacas —le conminó el brigada Luís que estaba a su lado apuntando a la zombi maciza directamente a la frente con su subfusil. Había tenido que desatar parte del correaje que la aprisionaba y aquella zombie no paraba de convulsionar intentando morder a diestro y siniestro.
Eran los últimos que quedaban en la base n.º 3 del CEMOLUZO (Centro Móvil de Lucha contra los Zombis). Aquellas instalaciones ni eran ya militares, ni móviles ni luchaban realmente contra los zombis. Simplemente se defendían y experimentaban con ellos —cuando tenían la suerte de tener algún espécimen— rezando para que algún día encontraran la solución al puñetero virus que había convertido a media humanidad en tontos y a la otra en muertos vivientes. Sólo unos pocos inmunes totales seguían conservando su vieja humanidad. Y la vieja humanidad nunca dejó de ser libidinosa y bastante guarra cuando se le daba la ocasión. Como aquella que se les presentó hace tres días.
Entre los matorrales y la alambrada de la destartalada base, una zombie se había quedado atrapada entre un reboltijo de cables. Con mucho tiento Octavio y Luis intentaron apresarla para sus experimentos. Los últimos zombis habían sido varones y tuvieron que matarlos cuando consiguieron romper sus correas. Hacía tiempo que no se topaban con un engendro zómbico femenino. Aquella no muerta todavía podían adivinarse los rasgos de su pasado viviente: el pelo debió ser rubio, aunque ahora estaba descolorido y lleno de tanta mugre que la parte que no era gris era directamente marrón o negra. Las piernas todavía estaban bien torneadas. Alguna llaga supurosa pero las rodillas, los tobillos y los pies todavía podían servirle a algún fetichista. Iba descalza de un pie y en el otro quedaban restos de lo que otrora fue unos taconazos slingback. De la la falda y blusa azul marino quedaban jirones cuyas uniones eran tan débiles que al intentar atraparla de entre los cables sus tremendas tetas zómbicas quedaron a la vista. El militar y el doctor no tenía ni tiempo, ni ganas, ni tampoco mucha maña como para cambiarle el outfit a la muerta sexi. Debió ser joven, pero con la cara demacrada y aquellos ojos hundidos en la cuenca no se podía determinar la edad: lo mismo pudo ser una joven folladera que una madre que te follarías. Ahora era sólo una muerta que te follarías.
—Deja de mirarla y pínchale. —Luis estaba cansado ya de sostener el arma.
—Sí, sí, ahora —tomó la jeringuilla pero no atinaba al encontrar la aguja.
—Vamos tío, deja ya de mirar a la puta muerta —le gritó— o le pego un tiro a ella o te lo pego a tí. Ya sé que la cabrona está buena, pero sácale ya esa puta mierda que le sacas.
Esa “puta mierda” era lo que un día fue sangre. Ahora era una especie de líquido negruzco y espeso con grumos coagulados. Por fin, Octavio insertó la aguja en el brazo mientras la zombi no dejaba de moverse e intentaba arrancarle la cara de un mordisco. Con esfuerzo tiró del émbolo y le sacó el líquido que necesitaba.
—Ya está.
Luis bajó el arma e intentó volver a ponerle los correajes. Con mucho esfuerzo consiguió evitar los mordiscos de la muerta. No se trataba de evitar ningún contagio. Tanto él como el doctor eran inmunes al virus. Pero los mordiscos de zombi no son ninguna broma. Había visto compañeros a los que le habían arrancado orejas, trozos del rostro, algún dedo y hasta uno al que un zombie gordo supurando grasa en descomposición le arrancó la polla a uno mientras meaba. ¿Cómo no lo vió? Luis nunca lo supo porque el compañero despollado murió desangrado. Así que había que tener mucho cuidado con los mordiscos y arañazos. Por ello la ató bien atada.
—Tranquilízate zorra. —No sabía si los zombis entendía algo. Pero por lo menos ayudaba a desfogar tensiones. —¿Qué tal los análisis?
Octavio estaba ya liado con el espectrofotómetro. Gracias a los generadores solares mantenían la electricidad suficiente para mantener los equipos en funcionamiento.
—Es la misma mierda de siempre. Pero por fin tengo muestra suficiente para continuar los experimentos.
—¿No te parece que está buena? —preguntó Luis.
—¿La zombi?
—No, el mejunje ese que le hemos sacado. —Octavio no comprendió la ironía del militar —Pues claro coño, la muerta.
—Es bonita.
—Y una mierda. Mírale el puto careto. Si se parece a mi bisabuela.
Era difícil encajar ese comentario. Mejor pasarlo por alto.
—Bueno vale. Está hecha una piltrafa, pero yo la encuentro maciza.
—¿Y si nos la follamos? —disparó así de pronto, sin vaselina ninguna. El doctor quedó ojiplático sin saber qué decir.
—Eh….
—Antes bien que le mirabas las perolas. Y mira —señaló— parece que le falta un pezón o algo. Que puto asco.
—No sé si lo dices en broma o en serio.
El brigada se encogió de hombros. Ni él mismo sabía la respuesta.
—¿Cuántos años llevas sin meterla? —preguntó el militar.
—Desde que empezó la mierda esta.
—¡Tres años sin zumbar!
Octavio sintió una extraña vergüenza por algo que no era su culpa.
—Sí.
—Joder tío, yo llevo uno y me estoy muriendo. Tengo los cojones como zepelines.
—¿Uno? —Era más o menos el tiempo que llevaban en aquella base.
—Sí, fue poco antes de que me trasladaran aquí. Estaba protegiendo un refugio y allí me trinqué a una madura. Era botánica. Yo era el encargado de protegerla cuando salía a buscar yerbas para hacer potingues medicinales para el refugio.
—¿Y estaba buena?
—Pues no sé. Con la escasez de coños que había me hubiera tirado a cualquiera de aquellas tías que quedaban. Esta se me puso a tiro y acerté en la diana varias veces. Tu ya sabes —le señaló con el dedo simulando una pistola—. Luego estando aquí, cuando todavía alguien contestaba a la radio, me enteré de que le atacaron una jauría de zombis mientras se trasladaban a otro refugio con agua. La despedazaron enterita, me dijo el teniente. Una pena.
Silencio incómodo. Sólo los sonidos guturales de la no muerta alteraban el silencio de la base. Pese a estar atada seguía forcejando.
—Pues voy a follármela, qué cojones. —Luís fue contundente y dejó el subfusil en el suelo.
—Estás loco.
—¿Y quién no lo está con esta mierda del apocalipsis? Tío despierta. Hace meses que nadie nos contesta por radio. Lo mismo sólo quedamos en este puto planeta tú, yo y la muerta que no está muerta pero que si lo está. Si hay que morir, caigamos follando. Mejor así que no me coma la chorra algún saco de huesos cuando no quede aquí alimentos y tengamos que salir a buscarlos.
—Si nada más que estamos los tres, no va a comerte ningún saco de huesos.
—Piensas como un puto científico friki.
—Es que soy —remarcó— un puto científico friky.
—Lo que tu digas. ¿Quedan condones en el botiquín?
—Nunca hubo condones en el botiquín —sentenció Octavio. —¿Y para qué coño los quieres? No vas a dejarla preñada ni vas a contagiarte del virus.
—Lo mismo acabamos teniendo pequeños zombizitos.
—Mi sobrinos eran peores que los zombis. Jodidos niños de los cojones, la brasa que me dieron. Menos mal que se los comió mi cuñada cuando se contagió.
—Vale. Era por si acaso. No sé. Vete a saber qué coño le pasa en el coño. Putos políticos. —cambió de tema— Con razón la respuesta al virus fue una cagada. ¿A quién se le ocurre hacer un refugio y no pensar en los condones?
—Ya. Hemos tenido mala suerte. Pudiendo estar tú de líder supremo tener que aguantar al tolai de ahora.
—El tolai seguro que ya está más muerto que Maradona. Y sí, si yo hubiera estado al mando ten por seguro que no hubiera permitido ciertas cosas. Pero en fin, no vamos a cambiar una mierda por más que nos quejemos. ¿Me ayudas a follármela?
Encogió los labios. Hizo una mueca y sentenció.
—¡Qué cojones, hagámoslo!
Octavio se quitó la bata blanca al tiempo que Luis se quedaba en camiseta interior militar.
—¿No tienes algo para calmarla? —preguntó el brigada.
—Queda morfina y fentanilo en el botiquín. El fentanilo los atonta un poco y se calman algo. No mucho pero algo se calman.
—Pues chútale a la piba fentanilo de ese.
—¿Y si lo necesitamos nosotros? Es lo más potente que tenemos contra el dolor.
—Pues moriremos de dolor pero habiendo follado. Sé sincero. ¿Desde que estamos en la base cuánto fentanilo hemos gastado?
—Ni un vial —el doctor repasaba mentalmente los casos —tal vez el médico anterior gastó algo porque en la caja faltaba un par de viales. Pero no más.
—Y lo mismo el tío se lo chutaba él. Un sargento me dijo que era un yonqui.
—De cualquier modo tenemos morfina de sobra. Fentanilo menos, pero quedan tres cajas enteras con todos sus viales más la que estaba ya abierta.
—Pues a poner a tono a Miss Zombie. Mírala, la cara de zorra que te pone. —La zombi miraba al vacío pero movía su mandíbula tan rápido que estaba a punto de desencajarse.
El doctor fue a por el fentanilo. Trajo la caja abierta y buscó otra jeringuilla.
—De todos modos esto no va a calmarla completamente. Sólo un poco.
—Mejor eso que nada. Sobre todo que podamos controlarla mejor. Yo voy a traer otras bridas y cuerdas que tenemos en el almacén.
Cuanto tuvieron todo preparado Luis se quedó mirando a Octavio.
—¿No se lo inyectas?
—Es que no puede ser en el brazo.
—¿Por? —preguntó extrañado.
—La sangre apenas circula. Si se la inyectamos ahí lo mismo no llega nada al cerebro. Es lo único que mantiene cierta actividad, por eso el resto de cuerpo se está pudriendo. Se lo inyectaré directamente en el cerebro.
—Joder.
—A través de la nariz llegaré mejor.
—Le ataré mejor la cabeza.
—Sí, será mejor así. Hay que inmovilizar la cabeza y taparle la boca, que nos puede meter un mordisco.
—Ya sé cómo.
Luis se alejó hacia el gimnasio de la base y volvió a los minutos con una pelota de tenis.
—A algún iluminado se le ocurrió no tener condones pero sí unas raquetas de tenis en la base.
De un sólo movimiento encajó la pelota en la boca de la zombi aprovechando la enésima vez que ella intentaba morder el aire. Aprisionó con los dientes la pelota con fuerza aplastándola todo lo que pudo. Sin pensarlo, el brigada agarró cinta americana e inmovilizó la pelota y con ello la boca de la no muerta al rodear varias veces la cabeza con la banda adhesiva. Apretó mejor los correajes que le sujetaban la cabeza y por fin Octavio inyectó el fentanilo a través de la nariz.
—Ya está. Esperemos que haga efecto. Nunca he hecho esto.
—¿Y por qué coño no me lo habías dicho? Lo mismo no funciona.
—Nos lo dijeron en las sesiones de información al poco de estallar la crisis.
—Pues como sean tan efectivos como esas sesiones vamos apañados. Esperemos que funcione, aunque si te digo la verdad, ahora esta zorra no está tan inquieta.
—Es que la tienes bien atada.
—Mira. Ya no le tiemblan las piernas.
—Es verdad. Y ha bajado la frecuencia de parpadeo. Parece que hace efecto.
—Pues nada, vamos al lío. ¿Quién va primero?
El doctor permaneció callado.
—Pues iré yo. —El militar pisó el pedal de la camilla para que bajara a una altura más cómoda. Los músculos de la zombi seguían activos. Moviéndose aunque de un modo más pausado.
Luís comenzó a apartar los jirones de lo que en otro tiempo fueron unas bragas. Ya no se distinguía el color.
—Puto asco. —Se las lanzó al doctor.
—Déjate de gilipolleces tío.
—Es que mira. Acércate y mirarle el coño.
No era un espectáculo bonito. Una masa amorfa de carne dejaba de entrever un agujero oscuro y profundo. Por lo menos no había gusanos como ocurría con los zombis más antiguos. «Un agujero es un agujero», pensó el brigada. Bajó la bragueta y tanteó entre sus calzoncillos para sacarse la polla. Ahora tenía un problema: no se le levantaba.
—Parece que su subfusil no funciona, mi brigada. —bromeó el doctor.
—Déjate de coña, que me desconcentras. Es que miro ahí abajo y es que no puedo empalmarme.
—Mírale las tetas. Es lo mejor de la tipa.
—Quita esa correa, que me tapa la vista.
Octavio acomodó mejor los correajes para que los pechos de la no muerta quedaran al aire. Aprovechó para magrearlas un poco. Se recreó en los tocamientos mientras el tórax de la zombi seguía en movimientos irregulares.
—Eso, ponla a tono. —El militar se reía de la broma pero aquello había conseguido que pudiera fijar su atención en las hermosas tetas muertas de la zombi.
El médico se apartó y Luis pudo contemplar directamente los melones de la zombie Se incorpora sobre la camilla. Comienza a masturbarse mirando sólo y exclusivamente aquellos pechos azulados. «No le mires a la cara, no le mires a la cara» se decía mientras zarandeaba su aparato masculino. Por fin, su polla se endureció y los cojones se le encogieron dispuestos para la batalla. Se acomoda entre las piernas de la zombi y allá que introduce su polla rezando para que el agujero no se la destrozara. La primera sensación fue extraña. Se había imaginado que estaría fría. Tampoco es que estuviera caliente. Debía ser la fermentación o algo pero aquel boquete no se sentía del todo mal. Comenzó a mover sus caderas para follársela. No apartaba la mirada de las tetas muertas porque en el momento en que se fijara en otra cosa la erección desaparecería. Rebufa en cada embestida. Le está gustando. No había lubricación pero tampoco es que estuviera áspera. No parecía un coño humano pero es que no estaba seguro de que ella lo fuera. ¿Un zombi es un humano? ¿Es un humano realmente? Mejor no pensar en esto mientras te la follas porque también desaparece la poca excitación que mantiene tu polla erguida y con posibilidades de funcionamiento. Acelera los empellones. El mete saca se hacía más intenso y con ello la camilla parecía perder estabilidad. Octavio tuvo que sujetarla mientras Luis seguía follándose y aumentando la fuerza de cada empujón.
—A ver si la vas a destrozar, cabrón.
Pero Luis ya no escuchaba. Los soldados de sus huevos llevaban mucho tiempo sin salir al campo de batalla y estaba dispuesto a descargar su caballería en el agujero de la zombi. Aumentó el ritmo. Aumentó su respiración. Gritaba cosas sin sentido. La zombi parecía no enterarse de nada. Su rostro demacrado no se alteraba. El militar siguió moviendo su culo sobre ella hasta que por fin la tensión acumulada saltó por los aires. Llegó el orgasmo y se vacío en el interior de la zombi gritando como un loco poseído por el placer. Total, en aquella base nadie salvo Octavio iban a escucharlo.
Tras descargar sus cojones se apartó rápidamente. Estaba cansado pero no quería descansar amorosamente sobre la no muerta. Siguió sin mirarla.
—No ha estado mal después de todo. Joder, lo necesitaba. Lo necesitaba de verdad. —afirmó mientras volvía a ponerse la chaqueta y tomar el subfusil.
El doctor no sabía qué hacer. Por un lado tenía reparos científicos. Por otro los testículos alborotados pidiendo participar.
—Voy. —Y allá que se coloca entre las piernas de la zombi en la misma postura que hacía un minuto estaba el militar.
Se baja los pantalones y los calzoncillos al mismo tiempo. Ya está empalmado. Mientras Luis se trincaba a la no muerta había tenído ocasión de excitarse. A él no le parecía tan fea de rostro pero también estaba fascinado por sus tetas muertas. Entierra la polla en ella y durante unos segundos intenta, al igual que lo hizo Luis, concentrarse en las sensaciones de aquella oquedad purulenta. Desde luego no era la misma sensación que follarse un coño vivo. Al comenzar a moverse le pareció que la experiencia se parecía mucho a una de esas vaginas de plástico que se compró para cascársela cuando estaba en la Universidad. Los chicos malos se follaban a las chicas buenas, los chicos buenos a las chicas malas y los chicos frikis se descargaban con vaginas de plástico traídas de algún lugar recóndito de China. Las chicas frikis se frotaban con otras chicas frikis. En estos pensamientos idiotas andaba concentrado mientras follaba a la zombi. A él no le importaba divagar mientras la metía. Pero algo le sacó de sus pensamientos. La no muerta comenzó a moverse de forma extraña. Notaba como los músculos del agujero de la zombi ya no estaban pasivos sino que se contraían intermitentemente al rededor de su polla. La zombi también pareció recobrar fuerza intentando desatarse. Mordía con más fuerza la pelota. El doctor la miró a los ojos. Unos ojos blancos vidriosos. Seguramente los pensamientos de la zombie eran rudimentarios pero seguro que quería comerse partes de él y no precisamente su polla. Polla que seguía tiesa. Más tiesa todavía que antes. El forcejeo lo había puesto más cachondo. Así que retomó las envestidas aumentando el ritmo de la follada. Más y más seguía dando empujones a la zombi recreándose en los movimientos de aquellas tetas muertas. «Puta», pensó. No tenía mucho sentido pero le encantaba imaginarse a la zombi como una zorra. Fuese por parafilia o por llevar tiempo sin follar, el caso es que lo estaba disfrutando más de lo que creía. Aumentó todavía más el ritmo. Estaba tan eufórico que parecía que era él el poseído por algún mal infernal. Su culo subía y bajaba velozmente en una cadencia endiablada. Acercó a su boca a los pechos mortuorios y los besó. Tetas muertas que daban vida a su polla. Y al poco liberó su carga de esperma en el coño de la zombi tras un intenso orgasmo. No gritó. Sólo transfiguró su cara traspasado por un placer culpable que le brotaba desde la punta de la polla y escalaba hasta tu cerebelo.
El brigada Luis lo miraba sonriente.
—¿No ha estado tan mal, eh?
El doctor no contestó. No por desprecio. Todavía esteba aturdido por el orgasmo.
—Voy a lavarme.
Primero se bañó el militar. Todavía la base funcionaba decentemente. Los generadores solares permitían que todo lo demás marchara de forma aceptable, como los motores de presión del agua. Un sistema exterior recogía el agua de lluvia y la almacenaba en un pozo que además todavía recogía agua de la capa freática. Cuando ambos compañeros estuvieron bañados, cenaron y se acostaron cada uno en su cuarto.
A la mañana siguiente el primero que se despertó fue Luis. Siempre era el primero en despertarse siguiendo la estricta costumbre militar. Tenía que seguir unos protocolos muy rígido en en cuanto a las comunicaciones de la Base. Mandar determinados mensajes en determinadas frecuencias y rastrear a una hora determinada si le llegaban alguna transmisión. Cuando pasó por delante de la zombi algo le extrañó. Seguía allí atada pero no se movía. ¿La no muerta estaría muerta? Se acercó y notó que el pecho seguía moviéndose. «Vale, sigue no muerta», por un momento pensó que lo mismo la habían matado, lo cual era un poco absurdo. Había disparado a cientos de zombis y era dificilísimo matarlos. Parecía que estuviera durmiendo.
—Joder —escuchó detrás suya. Era el doctor.
—Hoy te has despertado pronto.
—Mírala.
—Ya la miro.
—¿No notas nada raro? —preguntó al militar.
—Ahora no me parece tan fea. A ver, uno acaba acostumbrándose de mirarla.
El brigada llevaba parte de razón. Seguía demacrada pero esta mañana no parecía tan horroroso su rostro.
—Los zombis no duermen —sentenció el médico.
—Eso he odio, pero la verdad, nunca me he parado a verlos dormir. Siempre les he volado la cabeza cuando he tenido la ocasión.
—Pues Miss Zombie está durmiendo.
El doctor se acercó a ella. Le volvió a mirar las tetas muertas que parecían tener mejor color. Tomó otra jeringa y le extrajo otra muestra del líquido espeso que a duras penas circulaba por ella. El análisis lo sorprendió.
—Tío, tiene glóbulos rojos.
—¿Y eso qué coño significa?
—La muestra de ayer no tenía glóbulos rojos. De hecho, no se parecía en nada a un hemograma humano. La de hoy todavía recuerda que alguna vez fue sangre.
—Pues es como si hubiera mejorado. Mírale la piel, yo diría que está más clara.
—Debimos haberle hecho fotos
—Al principio se les hacía. Ya perdió el sentido. Pero hoy se las haremos. ¿Qué diablos estás haciendo?
—¿Tú qué crees? Pues mirarle el coño. —Luis acercó su rostro al agujero en el que no hacía mucho su polla había excavado. —Me cago en la puta, joder, parece que el puto coño ha mejorado.
Luis se acercó con una lupa médica profesional.
—A ver, a ver —inspeccionó aquello con detenimiento científico —. Parece que está recobrando algo de color. Ayer no estaba así.
—Ya te digo que no. Me acuerdo perfectamente de cómo tenía el coño.
Luis y Octavio se miraron durante unos minutos sin hablarse. Alguien tenía que preguntarlo y al final fue el militar quien lo hizo.
—¿Y qué significa esto, doc? ¿Ha mejorado porque nos la hemos follado?
—Habría que estudiarlo con más detenimiento pero lo mismo ha sido el semen. Tal vez tenga alguna sustancia, no sé.
—La madre que nos parió, doctor. La no muerta no es que no esté muerta. Es que está mal follada.
Octavio posó sus ojos en las tetas muertas de la zombi que estaba durmiendo por primera vez Dios sabe desde cuanto tiempo. Aquellas tetas muertas no estaban tan muertas después de todo.



Enhorabuena y con ganas de leer el siguiente capítulo un beso guapísima 😍🥰👏🏻👏🏻
ResponderEliminar¡Muchísimas gracias por el comentario!! Pronto espero que llegue el siguiente capítulo.
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