Tetas muertas (II). La historia erótica de una zombi.
Aquella mañana la zombi tuvo el primer destello de conciencia. El de su nombre. Zoe. Es lo único que pasó por su todavía putrefacto cerebro que apenas conseguía funcionar correctamente. Pero algo se estaba revirtiendo y las neuronas comenzaban a reconectarse.
—Explícamelo otra vez, doctor.
—Parece ser que el semen la está curando, por así decir. —Octavio no quería entrar en temas técnicos que Luis no pudiera comprender.
—¿Y cómo coño es posible? Años de experimento y resulta que la cura estaba en follarnos a los zombis.
—-Bueno, no es tan fácil. No sabemos si es el semen en general el que revierte el proceso o nuestro semen. El rigor, empíricamente, sólo podemos decir que nuestro semen es el que causa ese efecto. Habrá que ver si todo semen lo consigue. Debo realizar experimentos.
—Ya. Y esos experimentos, ¿suponen seguir follándonosla?
—Podríamos introducirle el semen de otra forma. Con una jeringa que…
—Y una mierda vamos a meterle la jeringa pudiendo meterle la tranca.
—No creo que sea ético.
—¿Ético? Tío, el mundo se ha ido a la mierda. No hay ética. Sólo putos zombis y vete a saber cuántos humanos quedan ahí fuera. —Luis sonaba convincente. Su formación militar le hacía centrarse en la cruda realidad. Sus ganas de follar tampoco ayudaban a las consideraciones morales.
—Vamos a hacer una cosa. Ayer tuvimos relaciones con ella los dos, así que no sabemos si es el semen de los dos o el de uno el que ha causado esto. Así que hoy la inseminará uno sólo y veremos su efecto. Y mañana otro, y analizaré los resultados.
—Vale, tú te la follas hoy.
—¿Y por qué yo hoy?
—Porque si mejora con los pollazos, mañana estará más atractiva. Hoy todavía está medio podrida. Mírala.
En la camilla, atada, seguía Zoe. La zombi se movía a ratos compulsivamente, pero no como cuando la encontraron. Más calmada, por su conciencia impenetrable sólo retumbaba su nombre “Zoe”. No era capaz de analizar nada ni de sentir de modo concreto nada. Su cuerpo continuaba en descomposición aunque el color y las formas habían mejorado respecto a los días anteriores.
El doctor Octavio dedicó todo el día a realizar pruebas de todo tipo. Alguna que nunca le había realizado a los zombi. Tomaba muestras y las analizaba.
—Necesitaría muestra de tu semen, Luis.
Luis dedicó toda la mañana a cumplir con los protocolos que le habían dictado: comprobar las telecomunicaciones, el estado de la refrigeración, las fuentes de energía, revisar que el gasto energético esté dentro de los parámetros ordenados, etc. Toda una larga lista de items. Entre ellos no estaba dar muestras de su semillas al doctor.
—¿Qué?
—Pues eso, que necesito muestras de tu semen para analizarlas —el doctor se explicó mejor al ver la cara del brigada—. No te preocupes que yo también tomaré muestras de mi esperma y…
—Vale, vale. Lo comprendo.
—Creí que te opondrías.
—A ver, tiene su lógica. ¿Dónde tengo que soltar mi crema?
—Tengo un frasco esterilizado. Espera.
Buscó en un armario sellado y le entregó el frasco.
—Aquí tienes.
—La zombi me ayudará.
—¿Cómo que te ayudará? Debes eyacular en el frasco.
—Que sí, que sí —el militar tomó el bote y se fue para la zombi— no te preocupes que tendrás muestra de sobra para analizar. Espera que voy al almacen.
El brigada Luis allá que se perdió por el pasillo. Volvió con un par de zapatos de tacón.
—Estaban en una de las maletas de las primeras refugiadas.
—¿Y cómo coño sabías que tenían unos tacones?
—Cuando murieron en el ataque de hace año y medio nos dieron la orden de revisar sus pertenencias. Bueno, la orden nos la habían dado cuando llegaron pero no le dijimos nada. Por seguridad debemos saber qué hay en cada moleta.
—Espera un momento. ¿También sabes lo que hay en mi maleta y mi armario?
—Pues claro. —Para el militar aquello era lo más normal del mundo.
—Joder —exclamó Octavio.
—¿Pero en qué mundo vives? Estamos en una maldita amenaza zombi. A ver si te crees que no vamos a saber qué guardáis. A buenas horas te enteras tú de estas cosas.
—Debo ser muy ingenuo pero pensaba que todavía había honor.
—Tío, ayer le metiste la churra a una zombi. No queda ya honor ni mierdas de esas. Ahora si me permites voy a ponerle los zapatos a la zombi.
El doctor Octavio no preguntó. No quería preguntar. Tampoco quería mirar porque se imaginaba lo que su compañero iba a hacer. Luis desató las piernas de la no muerta, le quitó los restos del zapato roto que todavía le quedaba a la zombi en uno de sus pies y le colocó los tacones que se había agenciado. Eran unos escapines de color negro de apenas seis centímetros; su dueña era consciente de que en un apocalipsis combinarían con cualquier cosa. Una vez puestos, el militar se bajó la bragueta y sacándose la polla, juntó los dos pies de la zombi alrededor de su miembro erecto. Octavio, de reojo, logró entrever el trasero del militar follándose aquellos tacones. Luis se frotaba entre los pies recién calzados de la zombi recreándose en las piernas desnudas. Todavía estaba pálida. Bueno, pálidas era una forma de hablar. Estaban entreveradas de zonas pálidas, zonas tumefactas amoratadas y alguna que otra yaga. Pero el aspecto era decidídamente mejor que el del día anterior. Así que si ayer se la folló, hoy no había excusa ninguna para conseguir sacarse la leche ayudado de los pies de la zombi. La respiración de Luis se entremezclaba con gritos de placer. No decía nada pero mantenía la cabeza baja centrado en aquellos hermosos zapatos y aquellos pies. Le encantaban los pies y podía jurar que aquellos no eran los peores con los que se había masturbado. Aumentó el ritmo y cuando notó que estaba a punto de correrse tomó el frasco y vació su crema masculina en el bote.
—Aquí tienes doc, para que lo disfrutes.
Octavio quería mandarlo a la mierda, pero se contuvo. Colocó el frasco en su lugar correspondiente y continuó con los análisis y estudios. Estuvo atareado hasta bien entrada la tarde. Sabía que antes de irse a la cama debía proporcionar el antídoto a la zombi. La primera vez que se la folló se había dejado llevar por su compañero y por todo el tiempo sin evacuar sus cojones. Pero ahora el deseo no era tan intenso, sobre todo si se fijaba en los detalles de la no muerta. Continuaba con los tacones puestos pero aquello no mejoraba mucho su aspecto. «Todo sea por la ciencia», se convencía a sí mismo. La zombi seguía moviéndose a pesar de las ataduras. Tomó dos dosis de morfina y se las inyectó. Esperaba que ahora fuera suficiente y no tener que malgastar fentanilo. La acción del narcótico fue prácticamente inmediata y Zoe se calmó. Apenas pasaban imágenes por su mente y, de pronto, el caso resto de conciencia incipiente se volvió a detener. El doctor retiró los girones que apenas ocultaban su entrepierna. El panorama no era apetecible. Y cuanto más miraba, menos apetecible le parecía tener que volver a meter la churra en aquella oquedad putrefacta. Así que pasó al plan B: estimulación visual alternativa. En su escritorio, debajo de una pequeña montaña de papeles con datos científicos inescrutables para el común de los mortales nuestro doctor escondía una revista pornográfica rescatada de la marabunta apocalíptica que había vivido. Una foto de sus padres; su título de Doctor y aquella revista guarra eran sus más preciados tesoros. Y si tenía que elegir, tiraba antes a la basura el título de doctor para quedarse con aquel catálogo de pechugonas. “Hambrientas de rabo”, rezaba la portada. Nuestro científico ya se conocía cada rostro y pose de aquellas chicas inmortalizadas en las más variadas posturas catando verga por todos sus orificios. La abrió por la página diecisiete, donde estaba su escena favorita. Una morenaza curvilínea abrazaba con sus piernas a un maromo nórdico que la enfilaba con su miembro. No eran aquellas piernas, ni mucho menos el maromo, lo que excitaba al doctor. Era la cara de vicio de aquella fulana. «Esto no puede fingirse», se decía. Aquel papel estucado había inmortalizado el rostro deformado por las olas de placer de la morena y en él se regocijaba Octavio. Mirándola fijamente, recreándose en cada muesca del rostro de la actriz, el doctor batía su polla preparando la mayonesa que recibiría la pobre zombi. Aceleró el ritmo. No quería que la situación se prolongara. No bajaba la mirada de la revista. Cuando sus huevos se encogieron y las olas previas al orgasmo comenzaban a transmitirse por su polla, se abalanzó sobre el cuerpo de la no muerta y en un par de empellones descargó su bechamel. Zoe recibía así otra dosis de su medicina.
—o—
A la mañana siguiente la mente de la zombi se reactivó pasado los efectos de la morfina. Por primera vez en mucho tiempo, además de su nombre Zoe, comenzaban a circular pensamientos primarios como la comida. Estaba comenzando a sentir hambre y no de sesos o vísceras sino de comida humana. Atada como estaba apenas podía moverse. Su lengua no funcionaba correctamente y de su boca sólo salían gritos ininteligibles.
—¡Luis! ¡Luis! —llamó a su compañero.
—¿Qué pasa? —el militar todavía estaba poniéndose el uniforme cuando entró en la sala y vio a la zombi. Su aspecto era mucho mejor que cuando la dejó allí para que el doctor la rellenara de esperam. —¡Joder, la puta que nos parió! Pero si ya casi parece humana la hija de puta.
El cuerpo de Zoe, aunque todavía pálido y trufado de manchas por toda la piel, había recobrado su circulación sanguínea. Muchos trozos de de carne se habían regenerado y el rostro recobraba su figura femenina aunque con pómulos todavía hundidos y ojos amoratados. La zombi no paraba de emitir sonidos. No eran los que siempre habían escuchado a los zombis apocalípticos.
—Parece que quiere decirnos algo —afirmó el doctor.
—No sé yo. Parece como si quisiera algo. Espera. —Sacó una barrita energética del bolsillo y se la puso a la zombi en la boca. No sólo la mordió, lo que siempre habían hecho los zombi. La masticó con avidez y se la tragó.
—Está recuperando las funciones vitales. Voy a hacerle más pruebas.
Toda la mañana se la pasó sacándole muestras además de repasar y comprobar cuales de esos rasgos vitales estaban comenzando a activarse. El brigada Luis lo dejó sólo en aquella tarea mientras repasaba y cumplia los estrictos protocolos de seguridad de la base.
—Luis, ven.
—¿:Qué quieres?
—Vamos a desatarla.
—¿Estás seguro, doc?
—Sí. Los movimientos que tiene ya no son completamente aleatorios. Tienen cierta coherencia. Creo que ha recuperado parte de la autonomía de movimiento.
—¿Y cómo lo hacemos?
—Mientras yo la desato vete a buscar el arma por si hay problemas —el brigada puso rumbo a la armería —¿No habrá algo más decente en las maletas en la que encontraste los zapatos?
Luis se encogió de hombros.
—Miraré. Yo para las tallas soy un desastre. Los zapatos los acerté por casualidad.
Al rato se presentó con su subfusil y un vestido.
—Esto creo que le servirá. Y si no le sirve me importa un huevo, se lo ponemos y punto. Peor de lo que va vestida no va a estar —le lanzó el vestido al doctor.
—Le estará un poco grande, pero mejor, así será más fácil ponérselo.
—¿Le has chutado algo?
—No. Está durmiendo.
—Vaya. Los zombis no duermen.
—Esta ya sí.
—Tú ve vistiéndola. Yo te cubro por si se vuelve peligrosa. Lo mismo se levanta y te pide que te cases con ella.
El doctor Octavio no le rio el chiste. Fue desatándola poco a poco. Intentó quitarle la ropa que llevaba pero los girones se deshacían, así que más que quitarle la ropa, arrancó los restos que quedaban.
—Podías haberle traído ropa interior —se espetó al militar.
—Claro, hombre, y un sombrerito a juego. Esto no es el Corte Inglés. No tenemos bragas. —Sí que las había, pero no le dio la gana de llevárselas. Bastante le costó elegir un vestido que pudiera servirle.
El científico tenía razón. El vestido le quedaba grande, aunque no estrafalario. Con poco esfuerzo acabó por vestirla. Allí delante estaba la zombi de aspecto renovado con la nueva colección de otoño-invierno apocalíptico.
—Voy a despertarla. Sus receptores olfativos han dado muestra de actividad. —explotó una ampolla de sales en su nariz esperando a que la zombi reaccionara a los estímulos. Y lo hizo. Abrió los ojos. La conciencia de Zoe era todavía un fantasma de lo que alguna vez fue. No tenía propósito ni amagos de voluntad. Su propriocepción era rudimentaria y apenas alcanzaba para un hambre incipiende y sed. Reconocía formas y podía detectar la tridimensionalidad del espacio a su alrededor pero no podía darle sentido ni unificar nada de todo aquello. Más que no muerta era una no viva del todo. Se incorporó de la camilla y se puso en pie. Aunque los tacones no eran muy altos no pudo sostenerse erguida y Octavio tuvo que sujetarla ayudándola a recuperar el equilibrio.
—Pues no está mal la putizombi esta. —Luis no dejaba de apuntarla mientras hacía sus comentarios.
—Las pupilas reaccionan, pero le cuesta moverse. Tengo que aguantarla o se cae. No tendrías que haberle puesto esos tacones.
—¿Y por qué coño babea de esa forma?
—Bueno pues porque no retiene la saliva. Ha comenzado a salivar pero es incapaz de tragar. Pero sí tiene el reflejo de succión.
—¿Qué es eso? —el militar se mostraba extrañamente interesado.
—Es el reflejo instintivo que tenemos al nacer para amamantarnos. Cuando le acercas un objeto a la boca lo succiona como hacen los bebés.
—Y eso tú lo sabes por…
—Coño, porque le he dado de comer. Tu barrita energética se le quedó atrapada en el esófago. Todavía no le funciona bien el aparato digestivo, así que le he dado papilla de avena con un biberón.
—¿Tenemos biberón?
—Sí. El botiquín médico tiene por si en la Base nacieran bebés.
—No parece peligrosa. Mírala. Está ahí parada y no nos ataca ni nada.
—Está como hipnotizada. Como en trance. Todavía no es consciente. Tampoco sabemos si recobrará la conciencia o recordará quién es. Vete a saber. Esto es nuevo para mí.
—Oye, doc, ¿crees que me la chuparía?
—¿Cómo?
—A mi subfusil le hace falta una limpieza.
—Esto no es un juego. Podríamos estar ante algo importante. Ella no está para nuestras guarrerías.
—Dijo el que se la ha follado ya dos veces.
—Es por la ciencia.
—Sí, hombre sí. La primera vez que le metiste el churrín fue por la ciencia…
—Lo mismo te la arranca de un bocado.
—¿Mordió el biberón que le distes?
—No, la verdad es que no lo mordió. Se lo tomó muy bien.
—Pues yo, amigo doctor, le daré también mi biberón. Verás que bien le sienta.
—Es mejor que no, no sería científico. No sabemos si el semen hace efecto por otras vías. Por ahora sabemos que mi semen seguro que le sirve.
—Mira tú por donde…
—Para eso nos dividimos la tarea. Esta noche te tocaría a tí inyectarle el semen.
—Si le ha servido tu semen de mierda seguro que le sirve el mío —dejó el subfusil en el suelo —te propongo otro experimento: ella me la chupa y vemos si le hace efecto. En aras de la ciencia puedo sacrificarme.
—Vete a la mierda.
—Ya estamos en la mierda, doc. Ya estamos. Así que mejor que me succionen que me diseccionen. Hace semanas que no tenemos contacto con nadie. Te dije ya que lo mismo somos los últimos humanos sobre el puto planeta. ¡Aparta!
El doctor Octavio se alejó dejando a Zoe a punto de perder el equilibrio. El brigada Luis la tomó del brazo sosteniéndola el tiempo justo como para que recobrara de nuevo la compostura. Octavio se apartó, pero no tanto como para no ver con claridad todo lo que iba a pasar. El brigada Luis tiró del brazo hacia abajo haciendo que la zombi se arrodillara.
—No eres fea del todo. Veremos a ver si te tomas este biberón, pequeña.
Externamente podía dar la sensación de seguridad, pero Luis no las tenía todas contigo. Había visto como zombis arrancaban la polla a compañeros. Pero la vida es riesgo y la ganancia podía ser mucha. Si aquello salía bien, lo mismo tenían una putizombi a la que follarse de todas maneras. La perspectiva de estar en aquella Base cambiaba por completo. Podía soportar pasar aquí meses si eso suponía mamadas diarias.
Se bajó la cremallera y, pese al miedo, su polla ya estaba tiesa. Aquella zombi ya no estaba tan putrefacta. Ya no era tan fea. Ya era follable. Peores cosas se había follado en su vida, sobre todo después del apocalipsis. Así que con cuidado acercó la punta del capullo a los labios agrietados de ella. Apenas rozó su punta los pliegues labiales ella abrió la boca e hizo el amago de succión. Fue leve pero lo suficiente como para que Luis lo sintiera. «¡Qué demonios!», se dijo. Y metió toda su tranca en la boca de la zombi. Inmediatamente y como acto reflejo, Zoe empezó a succionar. Propiamente aquello no era todavía una mamada. Tampoco le estaba follando la boca. Era solamente la pura succión de polla como si quisiera sacarle el oculto jugo que llevara dentro. Al militar le gustaba la sensación. Lo necesitaba. Necesitaba algo de sexo medianamente bueno. No tenía prisa. Dejó que el reflejo de succión recién adquirido por la zombi hiciera su trabajo. Cuando quiso darse cuenta la sensación había cambiado. Ahora las babas de ella sumergían su polla en saliva. «Lubricante natural para su boca», pensó. Y entonces decidió darse gusto del bueno. Movió sus caderas y comenzó poco a poco a follar la boca. Al principio hubo un poco de dificultad pero agarró su cabeza y ya la zombi no perdía el equilibro. Sólo intentaba succionar mientras él le daba pollazos intentando acceder a su garganta. Luis bufaba follándose aquella boca. Durante mucho tiempo pensó que el apocalipsis de mierda le había privado definitivamente de estos placeres. Pero ahora por fin tenía a una zorrizombi arrodillada pasiva frente a sus pollazos y activa en la succión. Estaba dispuesto a darle su jarabe sanador. Si el semen servía en por el coño, ¿por qué no iba a servir por la boca? Y seguro que por el culo también servía. El militar aceleró el ritmo mientras mantenía agarrada la cabeza y la follaba oralmente sin compasión. A fin de cuentas, era una zombi. Follarse aquella cabeza no era moralmente peor que volarle los sesos como había hecho hasta hacía poco. Soltó un grito y sintió como su leche desembarcó directamente en el esófago. La succión había amplificado el orgasmo junto al placer. Zoe apenas era consciente de nada Algo de información de la textura de aquella polla si que llegó a su cerebro de funcionamiento todavía rudimentario. El semen también lo sintió porque al tomar contacto directo con las mucosas internas algo comenzaba a transformarse en su interior.
El doctor Octavio se acercó. Todavía Luis mantenía la polla dentro de la cavidad bucal de la zombi.
—Si todo sigue igual, ella tomará conciencia muy pronto.
—Puede que sí o puede que tengamos a esta zorrizombi para distraernos el resto de nuestra vida.
No tardaría mucho en saberlo porque el espeso semen ya estaba actuando en el interior de Zoe y nuevas conexiones neuronales comenzaban a formarse en ella. Todavía estaba la polla de Luis flácida en su boca cuando comenzó a tener sus primeros recuerdos conscientes.



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