Nuestra boca dice cosas que nuestra vagina no comparte

Cualquiera que intente estudiar mínimamente a los seres humanos, humanas y humanoides que pueblan nuestro entorno, sabe que una cosa es lo que decimos y otra lo que hacemos o sentimos. Los antropólogos culturales utilizan la distinción emic/etic; los sociólogos, función latente y función manifiesta y la gente normal que no ha tenido la desgracia de pasar por una facultad de ciencias sociales lo llaman postureo

Isacalíptica viendo guarrerías


Así, durante mucho tiempo las encuestas realizadas a mujeres sobre la pornografía que les gustaba obtenía invariablemente la misma respuesta cargada —reconozcámoslo— de cierta dosis de mojigatería políticamente correcta. Cuando algún incauto entrevistador, generalmente un becario pajillero o alguna becaria sabihonda necesitada de arrumacos (yo fui de estas, así que me aplico el cuento) nos inquiría por el tipo de porno que nos gustaba, declarábamos muy dignas que nos gustaba el porno sensible, con caricias melosas, trama romántica e intensa conexión emocional. El porno de hombres, generalmente machirulesco, rudo, lleno de pollas que se metían por cualquier sitio donde una polla es capaz de meterse, no podía gustarnos. Faltaría más. Caca. Eso no.  

Pero he aquí que en 1994 un grupo de estudiosos decidieron confirmar esto mediante la técnica de la fotopletismografía, que no es otra cosa que la medición de la respuesta vasocongestiva vaginal combinada con la medición de la saturación de oxígeno (oximetría) y la medición del ritmo cardíaco. Dicho en plata: medir de modo objetivo la respuesta del sistema genital femenino a los estímulos que se nos presenten. Este estudio "Women's sexual and emotional responses to male and female produced erotica" mostró que no había diferencia en la respuesta fisiológica en las mujeres entre ver pornografía realizada por hombres a realizada por mujeres. Entre el porno naïf y ñoño en el que dos tortolitos fornican entre pétalos de rosa y el porno duro con penetraciones perpetradas por empotradores dominantes. Los informes anuales de Pornhub confirmarian esta tendencia pero además arrojan datos sorprendentes como el Pornhub Report de 2015 que, mediante datos de Google Analytics, las mujeres éramos un 113% más propensas a buscar pornografía hardcore ("rought sex", "gangbang", pero además en cualquier categoría: lesbica, bisexual, gay). Esta tendencia se ha mantenido, aunque con datos menos fuertes (un 75%). Conviene indicar que no se trata del sexo que declara quien ve el vídeo, sino el sexo deducido por el historial de cookies de quien entra en la página, con lo cual se dificulta la posibilidad de mentir.

Esta tendencia a no decir exactamente lo que pensamos sobre la sexualidad ha tenido múltiples confirmaciones. Otro estudio curioso fue el de los psicólogos Terry Fisher y Michele Alexander (2003). Realizaron una serie de encuestas sobre el número de parejas sexuales que habían tenido tanto mujeres como hombres. Primero, se les hacía las preguntas de modo normal donde los sujetos del experimento podían decir lo que les diera la gana. Y luego, se les colocaba unos electrodos y unos aparatos que supuestamente indicarían si lo que decían era verdad o mentira. Pues bien, en el experimento, las participantes de sexo femenino ante la posibilidad de ser descubierta la mentira, declararon un 70% más de parejas sexuales de las que había declarado antes de colocarles los electrodos. Los hombres apenas variaron mostrando que sus vidas sexuales eran tan patéticas como realmente declaraban ser. 

Otros estudios, como los de la plasticidad sexual de la psicóloga Meredith Chivers (2006) realizadas también por medio de pletismógrafo ahondan esta cuestión. Ante la visión de una serie de imágenes eróticas las mujeres reaccionan de un modo sexual igual que los varones, al margen de lo que declarásemos verbalmente. Pero además, el resultado arrojó otro dato sorprendente: las hembras presentábamos excitación a un mayor abanico de prácticas que los hombres que parecían centrarse siempre en los mismos gustos. Es decir, la mujer heterosexual —no la lesbiana, por cierto, que según el estudio parecía ser tan monomaniaca como los hombres heterosexuales— presentamos una mayor capacidad sexual plástica es decir, una capacidad mayor para excitarnos con gran variedad de situaciones eróticas.

Téngase en cuenta que las reacciones genitales no son nunca sólo reacciones genitales: los genitales reaccionan a partir de los estímulos que llegan al cerebro y por tanto, es la persona la que está reaccionando de una determinada forma y no sólo sus órganos sexuales.

Muy bien, Isacalíptica, ¿Y todo esto, a qué coño viene? Bien, creo que esto constata algo que desde el feminismo se ha venido recalcando durante mucho tiempo y es que por cuestiones sociales la mujer se ve llevada a ocultar o edulcorar su sexualidad. No diré que hoy tenga que negarla  o directamente reprimirla como ocurría hace años pero es cierto que cuesta presentar abiertamente sus gustos y preferencias. Es cierto, que también los hombres tienen sus tabúes sociales (¿cuántos podrían decir públicamente que les gusta el pegging?) pero desde muchas instancias, incluido cierto feminismo, se vuelve una y otra vez a negar nuestra plasticidad sexual y nuestros gustos. Parece que hay cosas que o no nos gustan a las mujeres o no deberían de gustarnos. ¿Te gusta que te den azotes en la cama y que te traten como una esclava sexual? Eso debe ser el patriarcado. Pero es que hay varones a los que también les gusta que les den azotes y les traten como a esclavos. Ah, pero eso es cosa también del patriarcado porque ya se sabe que son unos cerdetes. Nosotras somos puras cual Inmaculada contracepción. No nos puede gustar eso aunque nos guste.

Por supuesto, estamos ante la enésima forma de negar la sexualidad femenina. Al final, a las mujeres nos gusta —a la que le guste, claro, que hay a la que no le gusta y muy bien que no le guste— lo mismo que a los hombres (a los que tampoco les gusta cualquier guarrearía, por cierto, ya que el 46% de los hombres consume pornografía mainstream o mojigata resumida en la clásica secuencia: felación, penetración vaginal y eyaculación en algún lugar casto). 

Acaso todos estos estudios ayuden a tomar conciencia de la necesidad de romper esa barrera entre lo que decimos que nos gusta y lo que nos gusta para poder disfrutar de un modo más consciente precisamente de aquello que nos pone. 


BIBLIOGRAFIA:

He sacado la información de dos textos:

El Manual de sexología y terapia sexual de Francisco Cabello (2010), Ed. Síntesis y En el principio era el Sexo. Los orígenes de la sexualidad moderna, de Christopher Ryan y Cacilda Jethá (2020), Ed. Paidós.

Comentarios

  1. Realmente interesante. Mucho gusto leerla. Excelente, gracias.

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  2. ¡Muchísimas gracias por leerme! Celebro que te haya resultado interesante. Un abrazo!

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  3. Siempre he pensado que la sexualidad femenina es más mental que el hombre que va a lo que dices felación, penetración y corrida zafia. Pero los estudios me han sorprendido. Es más, mi pareja después de 26 años juntos que se dice pronto, parece que ahora ha descubierto que le gusta lo guarro, el BSDM suave y hasta besa mejor! Y yo le digo... joder, podíamos llevar 20 años gozando como ahora! :D

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    1. Muchísimas gracias por tu comentario Zorro Blanco. Es cierto que la sexualidad femenina es más mental, pero creo que precisamente por eso lo guarro o el BDSM nos atrae, porque bien realizado tiene una carga mental muy fuerte. Que algo sea mental no significa que no sea guarro. Cada cosa tiene su tiempo. Yo también pienso ¡ojalá tuviera 20 años! ¡Lo que iba a hacer! Pero también pienso que con veinteaños no tenía la madurez ni la confianza de ahora. Las cosas se ocurren cuando se dan las condiciones para ello. ¡Todo un honor que comentes en mi blog!

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