¿Por qué no llamo Amo a mi Amo? Sobre líneas rojas y los gustos de nuestra pareja en el BDSM
Al expandir mi presencia de Todorelatos a X/Twitter me han comenzado a saltar una serie de mensajes pintorescos procedentes, supuestamente, de gente del entorno BDSM. Todos con la misma cantinela: no soy una buena sumisa porque no me dirijo a mi pareja como "mi Amo" o "mi Dueño" sino con un vulgar "mi marido", o directamente por su nombre común y corriente (Jose, así pronunciado, nunca lo he llamado José) en vez de algún nick chulo en inglés. Todas sabemos que no es lo mismo que te azote un Lord DickStrong a que lo haga un Señor Pollafuerte. Me ahorro contestar a todos exponiendo ahora los motivos de mi forma de dirigirme a él y con ello aprovecho para exponer algunas ideas que me rondan sobre el BDSM.
Comencemos por la anécdota para captar vuestra atención. Iba a narrarla en otra ocasión pero os ahorro el suspense. Durante nuestra época universitaria yo iba a pasar muchas noches al piso de Jose. Lo compartían entre tres estudiantes y muchas veces estaba vacío o faltaba algún compañero por lo que cuando esto ocurría aprovechaba para pasar allí la noche. No siempre era para follar, guarretes, que ya sé lo que estáis pensando. De hecho, la anécdota ocurrió mientras veíamos la televisión. No me acuerdo si era Crónicas marcianas u otra cosa. Lo cierto es estábamos acurrucados los dos como gatitos amorosos viendo entrelazados alguna tontería televisiva cuando Jose aprovechó para hacerme cosquillas debajo del pijama. Siempre ha sido de manosearme. Como dice la Biblia, señor tu me sedujiste y yo me dejé seducir. Pues en mi caso, él me magreaba y yo me dejaba magrear. Aquí no voy a hacerme la digna, que me gustaba y sigue gustando. Pero aquello no era precisamente manoseo. Eran cosquillas. Comencé a reírme. Le dije que parara. Le dije claramente que no quería. Repito. Le dije que no. Pero él siguió con las cosquillas. Entro en pánico y le arreo un derechazo en la cara con todas mis fuerzas. Lo cierto es que no sé si fue una bofetada o un puñetazo. Yo quería dirigirme a la mejilla, pero con el tonteo de las cosquillas y las risas nos estábamos moviendo mucho y no calculé lo suficiente. Le dí en medio de la cara. Sus gafas quedaron dobladas y por más que las llevó a la óptica, nunca volvieron a estar completamente alineadas. Además, se habían clavado en la nariz y algo rompieron allí dentro porque comenzó a sangrar. Me asusté. «Ya he perdido al novio. Si no se me muere, me deja», pensé.
Al tiempo que imploraba perdón le pedí que echara la cabeza para atrás —no sé si debe hacerse, la verdad, pero se lo pedí— mientras fui a por una servilleta. Esta ha sido la única vez que le he pegado a Jose. En mi descargo, y aunque le pedí perdón y me sentí culpable, vuelvo a repetir que le había dicho que no. Y no es no también cuando te hacen cosquillas. Él estaba sorprendido y no sabía muy bien lo que había pasado realmente. Aprendió por las malas algo nuevo sobre mí: odio las malditas cosquillas. De hecho, esta es una de las líneas rojas en mi relación BDSM: nada de cosquillas, lo que incluye las cosquillas clásicas, por supuesto, pero también sus sutiles variantes que acaso me crean más desazón: nada de acariciarme superficialmente casi sin rozarme. Nada de sutiles desplazamientos casi sin tocarme sobre mi piel. Si algo parecido me ocurre, me transformo en un ser poseído por un espíritu maligno. No aguanto las cosquillas. Si me pones la mano encima, que duela, pero no me cosquillees.
Puede parecer paradójico. Cada vez aguanto más las pinzas en los pechos y avanzo hacia algo más fuerte. Sueño con agujas y creo que tengo un amplio campo que explorar en este punto. Hace unas semanas además me atizó con una vara sobre los pechos adornados con pinzas de la ropa. Si bien no muy fuerte, lo cierto es que sí contundentemente. Y me encantó y disfruté muchísimo. Pero sería incapaz de tolerar la más minúscula pluma desplazándose lentamente sobre mis pechos. No es dolor. Si fuera dolor, seguro que me gustaría o podría tolerarlo o al menos intentarlo. Es desesperación. Es una mezcla imposible de repelús y grima que me saca de mi estado mental y me transforma tanto como para no dudar en darle un puñetazo a la persona que amo.
Y aquí viene la moraleja de esta anécdota: no somos dueños de nuestros límites. Son los que son. A alguien le puede gustar lamer algo y a otra persona parecerle asqueroso e imposible de realizar ni siquiera de pensamiento. Una misma práctica que para unos es normal para otros es una aberración intolerable. Si no, leed mi reseña del libro de Forberg: para los romanos era más depravada la felación que el anal, cuando para la sexualidad del mundo occidental del siglo XXI una felación es casi un casto preliminar en comparación con las posibilidades que la puerta trasera permite a nuestra fantasía.
Así que cuando estamos en pareja, debemos tener claro nuestros límites (en mi caso: las cosquillas) y también el de nuestra pareja. Y uno de los límites de mi pareja es el tratamiento que se le da. Por mi no sólo lo llamaría Amo, sino Autócrata de Todo Mi Cuerpo (que mola más, no lo negaréis). Pero él es un rojo empedernido, criado en un ambiente progresista. Tal es así, que el hecho de que haya conseguido que nos llamemos esposo y esposa o marido y mujer y no «compañero o compañera» ya considero que es uno de mis mayores logros como sumisa. Denominarse «Amo» es incapaz de permitirlo y ha sido una de las primeras órdenes directas, claras y rotundas que me ha dado: «Nunca jamás me llames Amo. Nunca».
Así que estamos ante una de esas paradojas como las del barbero de Bertrand Russell. Si un Amo te ordena que no le llames Amo, ¿no está actuando como un Amo? No hace falta acudir a una solución metalógica para saber que hay que tratar a nuestra pareja tal y como se sienta a gusto. En la intimidad sexual permite que le llame Señor. Pero Amo ni siquiera en esas circunstancias. Se ve a sí mismo como una especie de explotador, de machista heteropatriarcal o de ser sucio si lo escucha y no le gusta. Y eso tengo que respetarlo aunque me encantaría llamarlo así a cada rato. Si él ya no me hace cosquillas —aprendió la lección muy pronto— yo acepto esto como ambos pactamos otras cosas. Por cierto, las veces que se me ha escapado Amo por las redes me ha puesto algún castigo. ¿Me castigará esta vez por llamarlo Amo para explicar por qué no lo llamo Amo? Bertrand Russell nunca sospechó que una paradoja lógica podía solucionarse dándole un uso alternativo al costurero que guardo en la cómoda.



Hay mucho “radical” en todos los aspectos de la vida. Si su pareja respeta su aversión por las cosquillas, es lógico y razonable que respete que no le llame amo. Y todos debemos, o al menos deberíamos, respetar sus convicciones y convenios de pareja. Por lo demás, sean felices y disfruten mutuamente de su relación. Saludos de Torrebruno.
ResponderEliminarMuchas gracias por tu comentario en el blog, Torrebruno. El respeto es clave, y sentirse siempre a gusto con la pareja y la relación sea BDSM o no.
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