F. K. Forberg, Formas de hacer el amor. El sexo en la Antigüedad clásica. Estudio introductorio y traducción de José Manuel Ruíz Vila, Guillermo Escolar Ed, 2023, Madrid.
Inicio con esta reseña lúbrica la que espero sea la primera de una serie dedicada a libros relacionados con la sexualidad en un sentido amplio. Dado que por trabajo he tenido que hacer reseñas académicas, intentaré huir de ese formato. Quien quiera una reseña de corte universitario del presente libro tiene un magnífico ejemplo en la de Iván López Martín que no les pondrá tan caliente como la mía pero para un apaño bien que sirve.
Es todo un orgasmo del intelecto poder disfrutar de una traducción y edición con tanto cariño de una obra tan especial como De figuris Veneris de Friedrich Karl Forberg (1770-1848). Al común de los mortales, el nombre de este alemán no les dirá mucho. Fue un discípulo de Fichte que asqueado de la filosofía alemana —no lo culpo por ello— abrazó el materialismo y se pasó al campo de la filología. Pacientes años de recopilación escarbando entre obras clásicas y modernas le permitieron escribir este pequeño tratado sobre las formas de practicar el sexo que aparecen en esa literatura clásica griega y sobre todo, latina. El título de los capítulos ya nos dan una idea bastante exacta de lo que vamos a encontrarnos y no dejan mucho espacio a la lírica: el primero, “la jodienda”, el segundo “la enculada”, el tercero “la mamada”, el cuarto “la masturbación”, el quinto y el sexto, quizá los más interesantes, dedicados respectivamente a “los lamecoños” y a las “tríbadas”, el séptimo “el sexo con animales” para acabar en el octavo con “las orgías” y un catálogo de posturas (noventa posturas enumera en total nuestro autor).Forberg intenta construir un tratado presuntamente “técnico” y aséptico de las distintas formas de la prácticas venéreas. Apareció publicado en 1824 como introducción al Hermafrodito de Antonio Beccadelli. El criterio para la clasificación de estas prácticas sexuales no es otro que la polla en un contexto mecanicista de fuerzas y rozamientos. Así, si la polla entra y frota con un coño, tenemos el primer capítulo, la jodienda. Si lo hace introduciéndose por el recto, la enculada. Cuando lo que horada es la boca, tenemos la mamada y si se frota con cualquier otra cosa (ya sea con la mano, se refriega sobre cualquier lugar (o incluso si se hace con un muerto) tenemos la masturbación. Y luego, como si fuera una clase vacía lógica, está el cunnilingus y el frotamiento de coños (tribadas) que ni los antiguos ni el propio Forberg llegaban a comprender muy bien.
Uno de los aciertos de la edición de José Manuel Ruíz Vila es la magnífica traducción carente de mojigatería ni de escrúpulos filológicos de la vieja era de traducciones. Sin pudor alguno la traducción respeta el latín vulgar y aparecen literalmente pollas, coños, culos, maricones, soplanucas, marimachos, cornudos, etc., cuando tienen que aparecer porque son los términos que en latín se utilizaron salvando las distancias lingüísticas que siempre suponen un problema en la traducción y de las que Ruíz Vila da cumplida cuenta y explicaciones. Dado el estado de la filología y la epigrafía en la época en la que escribió Forberg no están incluidos cientos de graffitis vulgares que han ido recopilándose en todo este tiempo y que refuerzan el significado vulgar de los verbos latinos.
Para hacernos una idea de cómo se traducía antes, el rey de los verbos sexuales latinos, futuere, la que esto escribe ha llegado a encontrárselo vertido al español como “copular” o la aberrante “hacer el amor”. Futuere en latín es follar. Tan vulgar como nos suena follar hoy día le sonaba a un romano de hace dos mil años. Por eso es todo un acierto la elección del vocabulario en la traducción, que como hemos dicho, siempre resulta problemática, pero mejor estas decisiones que los viejos usos edulcorados. Ruíz Vila escapa de todo ñoñismo filológico y este es uno de los alicientes del libro que lo hacen tan ameno y divertido de leer pese a querer pasar por un tratado técnico.
Vayamos por capítulos.
Capítulo I: La Jodienda.
Definida por Forgerg como «el acto mediante la introducción de la polla en el coño, lo que se designa propiamente como “follar”» no es el primer acto que se describe por casualidad. Es el acto heteronormativo y procreativo por excelencia. Antes de que la cirugía contemporánea pudiera moldear coños artificiales en los cuerpos, coño sólo tenían las hembras homo sapiens, por lo que no debe sorprendernos que este sea el único capítulo estrictamente dedicado a actos heterosexuales.
Se explican varias posturas y se recogen consejos sobre qué postura es más adecuada. Ovidio, recoge Forberg, ya nos aconsejó que «cada mujer debe conocerse a sí misma» —cosa en la que concuerdo— y que si te tocó ser bonita, pues que folles de cara pero si tuviste la desgracia de ser fea, mejor adoptar el decúbito prono o dar la espalda para que el follador no se espante de tu horroroso careto. A los antiguos no les importaba la opinión femenina al respecto. Bien podría ocurrir, digo yo, que el feo y espantoso sea él y sólo nos interese el rabo que tiene entre las piernas. En ese caso, mejor no verle la jeta para no perder la libido. Por aquí no aparece la opinión femenina al respecto.
Se describen a continuación los testimonios de la postura «el caballo de Héctor» en la que «se intercambian los papeles: la mujer hace de jinete, el hombre de caballo». Es decir, ella arriba y el varón abajo. No se recomienda, al parecer, ni para mujeres pesadas ni para altas. En el consejo sobre el peso puede intuirse el motivo —aunque creo que es más prejuicio que otra cosa— pero se queda una con la intriga de saber exactamente por qué no es propia para mujeres altas (¿se pensaban que perderíamos el equilibrio?).
No queda de más recordar que esta postura con la hembra arriba evocaba en el imaginario masculino grecorromano el temido cambio de roles. En la visión sexual del Mediterráneo antiguo, la identidad sexual no estaba construida —Ruíz Vila lo explica muy bien en el prólogo— sobre las identidades de heterosexualidad y homosexualidad (o LGTBidad en general) al modo actual. La identidad sexual antigua clásica estaba construida sobre el par: pasivo/activo identificado con receptivo/penetrativo. Veremos más adelante que este esquema hace que el varón antiguo tuviera muchas dificultades para comprender algo tan simple como la lamida de coño o el lesbianismo ya que parecía no haber nada que penetrar y estaba confuso sobre quien tenía el rol activo y pasivo. Pero no sólo esto. Volviendo a la jodienda heterosexual normativa este esquema también causaba problemas porque, como sabían los antiguos y sabéis los contemporáneos que estáis leyendo esto, en el folleteo las mujeres también podemos ser —y de hecho somos— parte activa. Por eso Forberg recoge consejos indicando que la mujer no moviera su culo ni, en general su cuerpo, mientras el varón se la follaba. El activo debía ser el varón por lo que si la mujer acompañaba la jodienda moviéndose al ritmo de los empellones del amante los roles estaban confusos. Es por esto, precisamente, por lo que la posición de cabalgar al varón suscitaba problemas y era tenida como algo sospechoso.
Se hace durante el capítulo distintos recorridos por posturas sexuales heterosexuales. Una de las discusiones antiguas que me gustaría rescatar es la pregunta sobre qué postura es la “natural”. El biologicismo aquí parece ambiguo y no consigue dar una respuesta clara. Esto ya se discutía hace dos mil años. ¿La postura “natural” para follar es el misionero o el “perrito”? Forberg reconoce que no tiene respuestas y esto lo honra porque realmente no la tiene. Hace ya tiempo que sabemos que la biología no arroja rasgos evolutivos necesariamente unívocos y predeterministas; lo que no significa que la biología desaparezca sino que es más compleja en su relación con lo social que la simple causalidad mecánica y determinista. Con la boca podemos silbar, comer fideuá, insultar a nuestro vecino idiota, morder al cabrón que nos ataca, besar un sapo esperando que se convierta en príncipe, lamer un coño o comernos una buena polla y todo esto no es ni más natural ni menos natural que comerse un bicho crudo cazado durante el Paleolítico. Son simplemente cosas que nuestra anatomía nos posibilita. Por cierto, ni siquiera el clásico y confiable “misionero” es una postura evidente. Forberg recoge como dos posturas distintas aquella en la que la mujer sólo mantiene las piernas abiertas, pero extendidas y aquella postura en la que rodea los riñones del varón con sus piernas. Prueba de que el concepto de “misionero” es también una construcción histórica en el sentido de que no son evidentes los rasgos particulares que lo componen como postura sexual aunque precisamente para los misioneros del siglo XIX así lo fuera.
Capítulo II. La Enculada.
La definición de Forberg no deja tampoco lugar a ambigüedades teóricas: «práctica sexual que consiste en la introducción de la polla por el culo». Y se precisa:
«Penetrar un culo, sea de hombre o de mujer, se dice ‘dar por el culo’. Al que da por el culo se le llama julandrón, soplanucas, musculoca y al que recibe muerdealmohadas, maricón, mariquita, sarasa, mariposón”»
En la terminología ya vemos que está centrada en el varón y de hecho, Forberg afirma que «no es habitual que las mujeres se dejen dar por el culo» y que por tanto la enculada es un «amor varonil». Estas afirmaciones de Forberg hay que entenderlas referidas más al propio siglo XIX en el que escribe que a la Antigüedad. Puede ser que las mojigatas burguesas de principios del siglo XIX que conoció Forberg mantuvieran su puerta de atrás inmaculada pero nuestro filólogo reconoce en este capítulo testimonios de mujeres del mundo antiguo que pedían a sus parejas masculinas que les follaran el culo y que disfrutaban de ello.
Como mujer que practica sexo anal me llamó poderosamente la atención uno de los pocos testimonios que se recogen en primera persona de una fémina que narra cómo se ha sentido cuando le han dado por el culo. Se trata del testimonio de, presuntamente, Luisa Sigea. No voy a reproducirlo aquí. Quien lo desee puede leerse el libro y allí lo encontrará. Yo ya tenía cierta idea de quién era la poetisa Luisa Sigea y aquello no me cuadraba con ella. Y con razón. Reconozco humildemente que ignoraba que la “Śatira de Luisa Sigea” —a la que pertenece el testimonio sobre el sexo anal que recoge Forberg— no fue escrita por esta gran poeta y políglota española del siglo XVI sino por un machirulo gabacho del siglo XVII, Nicholas Chorier. Así que no estamos ante el testimonio real de una mujer que ha practicado sexo anal sino lo que un varón francés se imagina que una mujer, y seguramente él mismo, siente y teme al practicarlo. Una vez más, la voz femenina desaparece y llegan los temores masculinos sobre el uso de la puerta trasera.
De cualquier modo, es cierto que el grueso de los ejemplos del capítulo está referido a las relaciones entre varones. En una sociedad patriarcal —no sabemos si hoy existe el patriarcado (v.gr. Roxana Kreimer, El patriarcado no existe más) pero dudar de que existió en Roma y Grecia es de ser idiota — el rol activo iba vinculado al estatus social. Así que no era tan mal visto un acto homosexual en tanto fuera realizado por un activo y superior en la escala social a un pasivo de estatus social inferior. Cuando se rompía de alguna forma esta relación, se producía la subversión del estatus social y de los roles y es lo que estaba socialmente criticado y castigado.
Mención aparte tendría que tener todo lo que se habla en el capítulo sobre la depilación masculina (sí, no sólo las mujeres se depilan ni se han depilado a lo largo de la historia). Por otras fuentes sabemos que la depilación masculina estuvo, sobre todo en ciertas épocas de Roma, bastante extendida. De hecho, los testimonios que tenemos en contra de ella son más bien de los carcas y mojigatos de aquel tiempo que como los de ahora creen que se va a acabar el mundo porque todo macho se volverá gay. Los varones romanos no se volvieron gays ni dejaron de ser patriarcales por depilarse. Y es que depilarse o no depilarse son costumbres culturales fluctuantes. Aprendamos de la historia. Ni el hombre que se depile hoy va a dejar de ser un garrulo machirulo ni la que se deje los pelos como Chewbacca va a alcanzar la iluminación y liberación femenina por ello. Lleva los pelos como quieras pero no busques una explicación trascendente y cósmica al asunto. Es simplemente quitarse o dejarse el pelo. No la toma colectiva de los medios de producción.
Capítulo III: La mamada.
Forberg, como en otros capítulos, comienza aclarando las cosas:
«introducir el pene en la boca se dice 'mamar', término que en realidad significa 'chupar el pecho, porque, como dice Nonio Marcelo (cf. p. 579 de la edición de Godefroy), los antiguos llamaron mama al pecho. Una vez que el pene esté dentro de la boca hay que acariciarlo con los labios o con la lengua y succionar hasta el fondo. En esto consiste 'chuparla', porque hay que 'succionar', y es que para los antiguos 'chupar', equivalía a succionar, como demuestra el propio Nonio en la página 547»
Hay varias cosas que me han llamado la atención de este capítulo. La primera es el orden de la mamada en los grados de impudicia. Si hoy planteásemos a cualquier adolescente —o no tan adolescente— que nos hiciera una gradación de las prácticas sexuales básicas o estándar de menor a mayor grado de morbidez sexual tendríamos la clásica del porno y la literatura erótica contemporánea: sexo oral, sexo vaginal y sexo anal como colofón del vicio. Incluso para algún expresidente yanqui el sexo oral no era realmente sexo. Pero los antiguos tenían otro orden, que es precisamente el que recogen los capítulos. El sexo básico era el vaginal, luego el anal, y el siguiente grado de impudicia llegaba con la mamada y el cunnilingus. Podemos verlo expresado en este epígrafe de Marcial (Epig, 9,68):
«Hice mía toda la noche a una guarrilla. No creo que haya nadie capaz de superarla en materia sexual. Cuando ya estaba reventado después de mil posturas le propuse hacerlo por detrás como un chico. Me lo concedió antes de pedírselo e incluso antes de terminar de hablar. Pero entre risas y rojo como un tomate le pedí algo más indecente: la muy cerda me lo concedió al instante»
El argumento para declararlo especialmente impúdico, inmoral y poco higiénico era que tanto al sacarle brillo al sable como en lamer el coño «se comían excrementos». Semen y menstruación eran conceptualizados como excrementos y eran el motivo de que se tuviera en tan baja estima tanto la mamada como la lamida de coño. Era de hecho una práctica considerada extrema hasta tal punto que, recoge Forberg, muchas mujeres entregaban el culo pero se negaban vehementemente a chuparla. Sabiendo esto podemos comprender muchísimo mejor el significado especialmente humillante y degradante de los graffitis de prostitutas —o de sus amos/chulos— que conservamos de época romana en la que se ofrecían u ofrecían a prostitutas o esclavas a hacer mamadas (“Lais chupa por dos ases”, por ejemplo, aparece en un graffiti de Pompeya).
No obstante era una práctica lo suficientemente extendida como para permitir a los romanos precisiones terminológicas. Los romanos distinguían entre la irrumatio y la fellatio. Aunque la wikipedia recoge el término castellanizado de irrumación no me he encontrado en mi vida nadie que utilice, ni siquiera por escrito, el término en castellano en otro contexto que no sea hablando de sexo en la Roma antigua. Fellatio, felación, si está extendido. Y la distinción es la que se espera dentro de la sexualidad romana: la irrumatio es la follada de boca en la que la parte penetrativa es la activa mientras que la fellatio supone que la parte receptiva, la boca, es activa y es la que estimula al pene. Esto hace que la práctica de la fellatio sea vista como especialmente humillante en el varón romano de estatus elevado. El problema que tenía un varón romano al chuparla no era tanto ser "homosexual", ya que esta categorización identitaria no existía, sino ser pasivo y receptivo, sobre todo si la mamada iba de alguien de estatus social superior a otro inferior el acto era especialmente condenado como inmoral.
Se recogen en el capítulo testimonios referentes a mamadas en los textos clásicos antiguos tanto de carácter heterosexual como homosexual ya que, como hemos dicho, no era esta la distinción importante. Es un vicio, recoge Forberg, que una vez que se prueba ya no se puede dejar de hacer o de pedir y en esto debemos darle la razón.
Capítulo IV: La masturbación.
Según Forberg, «significa frotarse la polla con la mano y eyacular». Estamos pues sólo ante la masturbación masculina y al final del capítulo esta definición será, dialécticamente rectificada. La masturbación “mainstream” del mundo romano era la realizada con la mano izquierda y se recogen numerosos testimonios de ello. El placer a tu izquierda no era otro que zarandear el pene para conseguir placer. No obstante, como he dicho, al final del capítulo se incluyen otros tipos de “masturbaciones” realizadas con otras cavidades del cuerpo. Forberg las ha incluído aquí porque comparte el mismo prejuicio mecanicista que griegos y romanos. No sabe cómo caracterizar el rotamiento del pene «sobre el canalillo entre las tetas», o el uso de las axilas o en general, todo lo que hoy se engloba en el sexo intercrural: «muslos, corvas y nalgas». Forberg lo aclara explícitamente: «si, las nalgas, no el ano». Al ser tipos de frotamientos quedan englobados en la masturbación de un modo confuso como también entraría dentro del concepto «hacerlo con mujeres muertas e incluso estatuas».
Se distinguirá también entre si el que se masturba es uno mismo o tiene a un compañero o compañera que le ayuda en tan interesante menester. Para los que os interese la filosofía, es entrañable la anécdota que se recoge de Diógenes el Cínico, que tenía a bien masturbarse cada vez que le daba la gana delante de todo el mundo. Cuando era reprendido, no sin razón, afirmaba que ojalá pudiera calmarse el hambre de igual modo.
Capítulo V: Los lamecoños.
Así de claro comienza el capítulo:
«Es más que suficiente lo tratado sobre las diferentes prácticas sexuales en la que la polla es la protagonista; vamos a ver ahora otras relaciones donde no interviene la polla. Se puede hacer con la lengua o con el clítoris. Hablaremos, entonces, en primer lugar, sobre los lamecoños y después sobre las tríbadas».
Llama la atención que se recojan sobre todo testimonios relativos a varones cunnilinguatores. En principio, la moral y la concepción antigua de la sexualidad hacía que fuese una práctica vista como especialmente indigna del varón. Afortunadamente para las damas, se recogen suficientes testimonios sobre hombres lamecoños que sugiere que en la intimidad los varones también disfrutaban del uso de sus lenguas para nuestro disfrute. Lo que llama la atención, o al menos a mí me ha llamado, es que propiamente el cunnilingus sea entendido como «la introducción de la lengua en el coño». La traducción del término “cunnilingus” por “lamecoños”, que es la opción utilizada por Ruíz Vila, pareciera indicar que se trata de eso, de lamer. Pero por los textos parece que la imagen antigua del cunnilingus es utilizar la lengua a modo de pene para penetrar. La duda que se nos presenta es, ¿recoge esto un prejuicio a la hora de entender la práctica sexual o indica verdaderamente el modo de realizarlo? Porque parece claro el motivo que hay detrás de entender así el cunnilingus: si se trata de penetrar con la lengua, el papel activo y penetrador del varón continúa intacto. Por el contrario, si lo que hace es lamer con su lengua —que conviene recordar que es lo interesante— el hombre pierde su rol penetrador y “se degrada” desde la mentalidad antigua. Por los textos recogidos parece ser que la vinculación con la penetración lingüística era cosa romana. Porque por la parte griega son muy interesante los textos en los que se recogen las distintas técnicas utilizadas con la lengua: se trataba de moverla según letras del alfabeto. Así, se comenzaba con dibujando la letra Λ, se pasaba a la Φ y hay quien añadía la Ρ, Ι, T y Θ. Por lo que sospecho que por más que se hable de «lengua folladora» (sic) lo que se está narrando es una lamida (y no penetración) en toda regla. Y hablando de regla, la menstruación servía como clasificador de los tipos de lamidas de coño: seca o húmeda según hubiera sangre o no. Se recogen casos de lamecoños a los que les gustaba especialmente que aquello estuviera sangrante y se describe como algo especialmente asqueroso y desviado.
San Gregorio Nacianceno nos informa que lamer coños era propio de eunucos y de ancianos que ya no podían satisfacer a sus esposas de otro modo. Es de suponer que a las esposas le parecía bien —si no hay más remedio, digo yo, mejor una buena lamida que una polla flácida— aunque al padre de la Iglesia no le hacía gracia el cambio de rol y despotricaba en sus escritos sobre tales males.
Acaba el capítulo con dos creencias antiguas sobre el asunto. La primera, que la diosa Venus se vengaba cual dominatrix de las ofensas que le hacían convirtiendo a los machirulos de la época en muerdealmohadas (homosexuales) o lamecoños. Y la segunda, es una de esas creencias que hoy nos parecen estúpidas pero que se tomaban en serio: era opinión general que quien lamía coños, tenía el rostro pálido.
Capítulo VI: las Tríbadas.
Tríabada, nos dice Forberg, «es la que se restriega». Y seguidamente ya vemos que algo no cuadra en la mente de Forberg y de los antiguos grecorromanos porque achaca a las tríbadas un clítoris de tales dimensiones «que lo pueden usar para follar o para dar por el culo como si de una polla se tratara». No sabe Forberg si esto es «por capricho de la naturaleza o por su uso frecuente», pero el caso es que es así (dice él, claro). Lo primero que se me vino a la cabeza a leer esto es que ya les gustaría a los hombres que su polla les creciera por su uso frecuente. Forberg algo conoce de anatomía femenina cuando establece la relación analógica entre el clítoris y el pene. No sólo es capaz de ponerse erecto, como hacen las pollas, mantiene el alemán, sino que lo hacen no sólo durante el coito «sino también cuando están cachondas». Y sin embargo, si el pene no crece por más que se utilice no llego a entender a santos de qué el clítoris podría crecer con su utilización. Forberg no se plantea estas cuestioines.
Si esto es para tomárselo a broma no lo son las interesantes notas a pie de página de este capítulo en la que se recogen testimonios sobre la «circuncisión femenina». Forberg sabe que existe esta práctica pero como occidental cristiano no sabe exactamente a qué se refiere y discute la situación. Se pregunta, por ejemplo, si es equiparable a la ablación y lo niega:
«Lo que no parece que les practicaran fue la ablación de la parte externa del clítoris, cosa que siguen sufriendo todavía las mujeres árabes, coptas, etíopes y de algunas regiones de Persia y del Áfria negra».
¿Pero entonces a qué puede deberse? Por ejemplo, y con total atino filológico, Forberg mantiene que Estrabón documenta la amputación del clítoris en el Egipto antiguo, pero que en el caso griego es problemático saber a qué se estaban refiriendo. Sostiene que de lo que tratan las fuentes es más bien de una esterilización: se trataría de extirpar los óvulos y las trompas de Falopio en las mujeres al modo como está documentado que se hacían con el ganado (narra cómo se hacían con las cerdas, que tras la operación seguían vivas). También podría tratarse, afirma, de la extirpación de la vulva (esto es, parte de los labios vaginales). Mi opinión, que no vale nada porque es más una hipótesis de trabajo a investigar, es que en los casos griegos estas operaciones acaso tendrían que ver con intentos de tratar la clitoromegalia. Forberg algo apunta, pero no lo desarrolla.
Aparecen en el capítulo las mujeres de Lesbos de las que se sospechaba que «no desean sufrir eso por los hombres pero lo hacen con mujeres como si fueran hombres». Van circulando anécdotas, tanto de mujeres que dominan a otras mujeres, que intentan convencerlas del placer que les pueden proporcionar, los utensilios que utilizan —dildos de cuero— y casos terribles como el asesinato de tríbadas descubiertas por sus maridos. El horror que siente el varón grecorromano por las tríbadas radica precisamente en su papel activo y por ello el tribadismo y la dominatrix se identifican y equiparan en el ideario romano. Forberg a pie de página recoge el testimonio de una carta de Séneca que muestra el temor del varón romano al cambio de estatus:
«Penetran a los hombres, frase con la que el gran Justo Lipsio se hizo un lío de forma patética: Nacidas para una actitud pasiva ni siquiera en materia sexual ceden el puesto a sus maridos. ¡Dioses y diosas acaben con ellas! Hasta tal punto llega la perversión de esa lujuria que han ideado: ¡penetrar a los hombres! Queda, pues, aclarada la marranada que Justo Lipsio consideró digna de las tinieblas del infierno: sí, las tríbadas pueden dar por el culo».
Acaba el capítulo con la costumbre «refrescante» (sic) de las matronas romanas consistente en dejar que un tipo de serpiente inofensiva se restregara por sus partes íntimas los calurosos meses de verano. Según los testimonios recogidos aquello era tan bueno como «haber yacido con el marido». Muy sabias las matronas romanas y dice mucho de ciertos maridos que si los cambias por un reptil salgas ganando en el intercambio.
Capítulo VII. El sexo con animales.
Los capítulos finales, este VII y el VIII son especialmente cortos y recogen lo que se indica en el título. Forberg no sólo recoge casos de la Antigüedad relativo a varones que practican la zoofilia con animales sino uno especialmente dramático de 1601 ocurrido en la toscana. Una chica fue descubierta manteniendo relaciones con su perro y fue condenada ella y el animal a ser quemados vivos.
Capítulo VIII. Las orgías.
Forberg reconoce que
«también pueden tener sexo más de dos, de tres, o muchos más, para formar lo que se denomina una cadena cuyo inventor fue Tiberio».
Bien, dudo mucho que esto de las orgías sea un invento de Tiberio, ni siquiera en esta modalidad de “cadena”. Porque según se desprende del capítulo la orgía no era entendida al modo como actualmente podríamos imaginárnoslas, con sujetos más o menos independientes actuando a su antojo en el grupo sino como una auténtica conexión de contacto donde unos agujeros eran penetras por otros de modo continúo; de ahí la utilización del término cadena. De hecho, aclara en el capítulo que los que están en medio «dan y reciben».
Especialmente parece que se refiere a hombres con hombres aunque se recoge también el testimonio de la presencia femenina:
«Si uno folla a una chica, pero, al mismo tiempo, le dan por el culo a él y a la chica, ya tienes a cuatro unidos por tres puntos como en el pasaje que hemos mencionado antes, cf. Suetonio»
Acaba el libro con un catálogo de posturas sexuales (noventa en total), perteneciente a Forberg y un índice de autores antiguos citados, de las ilustraciones recogidas junto aun glosario de autores y personajes históricos.
Reflexión final e implicaciones para el BDSM.
Personalmente me lo he pasado muy bien leyendo el libro. Hay que reconocer que es divertido para cualquier mente curiosa y alejada de la mojigatería histórica. Quiere ser un libro técnico pero, evidentemente, no lo es. Prejuicios e ideas discutibles sobre la sexualidad se entremezclan y con ello podemos sacar algunas conclusiones. En especial, quisiera comentar desde la perspectiva BDSMera qué ideas me ha sugerido.
Es un tópico, pero no deja de ser cierto, que tanto la Grecia como Roma antigua son a la vez sociedades lejanas en el tiempo pero cercanas a nosotros en la medida en que somos hijos e hijas históricos de esas mismas sociedades. Esto es matizable porque también podemos vernos reflejadas y reflejados en Egipto, en el Israel antiguo o en Persia. Pero lo cierto es que viene bien constatar algunas cosas que no por sabidas no dejan de ser necesario de subrayar: follar, mamar, encular, lamer coños, practicar orgías, follar con animales, pedir que te azoten, depilarse, hacerlo entre hombres, hacerlo entre mujeres, utilizar dildos, practicar más de noventa posturas… todo esto no son cosa que nos haya enseñado la pornografía moderna como si antes del porno nuestros antepasados y antepasadas hubieran sido dulces seres de luz que hacían el amor de modo casto y edulcorado hasta que pérfidos seres los corrospieron. Corrompidos, si se quiere hablar así, lo estamos desde siempre porque los homo sapiens sapines somos seres sexuados, sexuales y racionales y esto no sólo nos permite intentar nuevas formas de cocinar un bicho para comérnoslo después de haberlo cazado sino nuevas formas de follar con las personas de nuestro entorno. Desde luego, la pornografía, las tecnologías, los contextos sociales y culturales son importantes y modifican nuestras costumbres y percepción de la sexualidad. Basta echar un vistazo al libro para entender cómo hay cosas que nos parecen evidente hoy y antes no lo eran y viceversa. Un ejemplo: durante una época en la antigüedad, cuando el varón se afeitaba se daba por sentado que ese afeitarse no sólo implicaba la cara sino los sobacos. El varón limpio iba afeitado de rostro y de axilas como si fueran partes de la misma zona.
Todo esto nos indica, y aquí entra el momento BDSM de la reflexión, que el núcleo central de la vivencia BDSM no son tanto las prácticas concretas como el modo en el que las entendemos y vivimos. Su carga símbólica, en definitiva. ¿Es de sumiso lamer un coño? Pues depende. En determinada situación, con la sumisa inmovilizada y el Dom lamiendo, puede ser un acto de dominio sobre ella. Pero en otro contexto, una dómina puede disfrutar de las lamidas de su sumiso como un acto de control de ella y de entrega de él. La creencia romana de que era algo intrínsecamente humillante para el varón es eso: una construcción histórica y cultural falsa cuando se esencializa y que puede, y se debe, reconceptualizar. Lo que hace una relación BDSM no es ni siquiera el sexo rudo. Hay sesiones BDSM más “light” que algunas noches de pasión vainilla. Pero ese sexo rudo vainilla no lleva implícito ningún concepto ni contexto simbólico de dominio ni sumisión —y no tiene por qué llevarlo, evidentemente— por más rudo que sea. Sin embargo, una simple lamida y besos de los pies de mi Amo, por más delicada y dulce que parezca puede estar rodeada de una sensación de entrega y sumisión que no la cambio, en ese momento, por ninguna penetración fogosa y áspera.
La historia de la sexualidad humana nos invita a romper con tópicos heredados y tomar sobre nosotras y nosotros la responsabilidad de una sexualidad libre y consensuada, incluso en la entrega. Generaciones anteriores de mujeres, sobre todo, pero también de hombres, han sufrido la incomprensión de su sexualidad, el temor por sus gustos o prácticas y ahora tenemos la oportunidad de construir una sexualidad más sana, libre y, sobre todo, consciente de nuestro placer, nuestros deseos y, por qué no decirlo, de los peligros que esa libertad entraña. No todo es necesariamente bonito en el sexo y el placer. También hay oscuridad en los seres humanos pero eso no debe hacernos caer en la mojigatería o la inacción sino en estar siempre vigilantes. Si algo es admirable en el mundillo BDSM —aunque no siempre se lleve a cabo— es precisamente la conciencia de que la oscuridad y el placer se dan la mano y que por ello hay que idear protocolos, consensos y un estilo de relación capaz de detectar cuando ese lado oscuro puede destrozarnos.
Esto me ha sugerido el libro y espero que a tí te sugiera otras cosas, acaso más interesantes que las mías.



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