MAGALI CROSET-CALISTO. No sex. Pequeño tratado de asexualidad y abstinencia. Trad. Carmen Cocina. Ed. Carpenoctem, 2024, Madrid.

Algunos fines de semana llevamos al niño a una ludoteca terapeútica. Mi marido y yo aprovechamos ese par de horas para tomarnos algo en una librería-cafetería que hay cerca del centro. Ando buscando libros para reseñar en el blog y me llamó inmediatamente este pequeño librito que se lee en un par de horas sin mucho esfuerzo. Se trata de la traducción de La Révolution du No Sex.Petit traité d'asexualité et abstinence publicado el año anterior por la psicóloga y sexóloga, que ya ha publicado otro libro en francés sobre la adicción al sexo, Magali Croset-Calisto. 

Siendo este un blog lúbrico lo propio es que pongáis la misma cara que puso mi marido al ver que lo compraba y os preguntéis qué hace una sicalíptica como yo con un libro como este. Pues lo primero, explorar. Nunca podéis comprender ningún fenómeno si no comprendéis su negación. La asexualidad es un tema poco tratado, o mal tratado directamente, porque como el ateísmo, presupone aquello que niega aunque sea como puro fenómeno social o apariencia. Va más allá de descubrir que no todo el mundo es sexualmente activo sino que hay personas que no son ni sexualmente inactivos ni activos: simplemente carecen de pulsión sexual. Y es este fenómeno, junto con la abstinencia, lo que quiere tratar este librito aunque se embarra en algunos derroteros que le hacen perder fuerza. De todos modos es un libro muy recomendable para introducirse en este fenómeno.

Contiene en total una introducción, tres capítulos ("Asexualidad, abstinencia y pérdida de la líbido: abandonar los prejuicios"; "Las mil y una razones para no hacer el amor" y "Pulsión de vida, sublimación y poesía"), una conclusión más unos agradecimiento y las notas finales. Los iremos desgranando. Más que describir y destripar cada capítulo, lanzaré algunas reflexiones que me han surgido al hilo de su lectura.

Introducción.

Magali comienza fuerte: «Hoy día parece el sexo está de capa caída: ya no hace soñar». Aporta una serie de encuestas de dudoso valor, es cierto, porque ¿qué significa afirmar que «el 43% de las personas de entre 15 y 24 años declaraba no haber mantenido relaciones sexuales en los últimos doce meses»? ¿Es mucho o es poco, como parece deducirse de lo que Magali comenta? 

A mí personalmente me parece que cuando se le da la vuelta a las cifras y vemos que en el último año el 57% de lo jóvenes ha mantenido relaciones sexuales no puede decirse que sea un drama. Como es bien notorio por lo que escribo, no soy una mojigata, pero pensar que estas cifras son bajas quizás sea estar preso de la misma hipersexualización que se denuncia en el libro. Magali habla de que es un retroceso respecto a épocas anteriores pero si hago recuento en mi propia experiencia las cifras me salen aún más baja. En los años noventa, entre mis 15 y 19 años —al menos en mi caso y en el de mi círculo de amistades— el porcentaje se acerca al cero absoluto. Así que no estoy yo tan segura de que haya un retroceso en la práctica del sexo. Pero esto es otro problema, porque en general parece que las encuestas que cita Croset se refieren al sexo penetrativo, no a tocamientos, manipulaciones, lamidas, frotes, charlas picantonas o cualquier otra de las muchas formas que tiene la sexualidad de manifestarse en un adolescente en plena efervescente hormonal. Así que, si realmente lo que ha disminuido es el mecánico metesaca, tal vez no sea una caída de la sexualidad a favor de la abstinencia y sexualidad sino una forma más cauta de comenzar explorando la sexualidad.

Esta última afirmación que hago, creo que Magali no tendría reparos en calificarla de naïf e ingenua, y puedo admitir la crítica. La psicóloga francesa tiene razón en que la hipersexualización social, sobre todo a partir de las redes sociales, ha impactado en la forma en la que los jóvenes —y no tan jóvenes— viven su sexualidad. Los estándares de la pornografía llevan a muchos jóvenes a abrazar la asexualidad, y esto es la paradoja que presenta Magali. Pienso que es cierto, aunque el mecanismo que lleva a ello no quede muy bien explicado. 

En general, creo que no se entra en uno de los efectos que tiene la pornografía en los jóvenes más allá del chute de dopamina y el evidente placer instantáneo: la ruptura o rompimiento del descubrimiento sosegado de nuestra propia sexualidad. Esto es, no hace mucho, nadie empezábamos —hago aquí una generalización personal pero creo que puede ser válida— con prácticas extremas, posturas imposibles, orales que descoyuntan mandíbulas o squirting que llenan piscinas. Todo eso podría llegar pero era algo que ibas descubriendo, trabajando, explorando, conquistando a base —la mayor parte de las veces— del puro ensayo y error. Pero ahora la pornografía pone ante el joven todo un abanico de prácticas. En general, los varones quieren hacer o que se les haga tal y cual cosa y si no se cumple ese "estándar de calidad" prefieren no practicar sexo. Que no os engañen chicas. Cuando un incel habla de "mujer de alto valor" en su mente viene a ser algo así como "te la chupa, se deja dar porculo y permite que me orine encima" a cambio de invitarla a cenar, que para eso soy un macho proveedor. Y si no, pues a la vieja confiable: darle a la manuela. En las chicas la cosa se invierte: para desgracia de los machos de su generación no están dispuestas a comenzar haciendo posturas acrobáticas o prácticas que les parece aberrantes y que sólo explorarían en una relación de plena confianza en la que mereciera la pena explorar todo lo explorable después de una aventura de descubrimiento paulatino de su sexualidad. Para eso, mejor la asexualidad o la abstinencia. Esto creo que es de lo que está hablando Magali aunque lo camufla con palabras más políticamente correctas que las mías. Compartimos, pues, el enfoque de que paradójicamente la hipersexualización y la pornografía no tiene por qué conducir a un aumento del frenesí sexual sino que puede tener como consecuencia, protegerse en la fortaleza de la asexualidad y la abstinencia a la espera de tiempos mejores si los hubiera.


Capítulo I: Asexualidad, Abstinencia y pérdida de líbido: abandonar los prejuicios.

Este capítulo se inicia con una declaración teórica de primer orden: «nombre, luego existo». Efectivamente, si se quiere delimitar un fenómeno hay que, al menos, ponerle un nombre inicial para intentar construir un concepto. Otra cosa es que ese concepto esté bien construido, que acaso es lo que debemos cuestionar. ¿Qué se entiende por asexualidad? En principio parece claro: negación de la sexualidad. Pero como la sexualidad es poliédrica y multifacética, su negación también lo será. Por eso la definición que nos proporciona Magali me deja insatisfecha: 

Asexual es la persona que no siente atracción sexual por las otras. Mientras que la Abstinencia es la privación de las relaciones sexuales pero no de la atracción sexual.

Veamos lo que implica, como señala Magali, esta definición:

Primero, que lo que define la asexualidad es el sentimiento no el acto fisiológico en sí. Así, la persona asexual no siente atracción sexual pero puede mantener relaciones sexuales, por ejemplo, con su pareja, para contentarla. Que sea vivido como un drama o como quien se rasca el codo depende de cada persona y relación, pero en principio, asexualidad no implica ausencia de acto fisiológico-mecánico sino que dicho acto no produce ninguna atracción. Magali riza el rizo, como quien dice, para admitir que incluso puede darse el caso del orgasmo —se refiere algún testimonio al respecto— pero sin la atracción sexual. Dado que se recoge el testimonio de chicas que tienen orgasmos con sus parejas pero dicen no tener atracción sexual una podría preguntarse hasta qué punto es eso una relación sana. Desde luego, que si ese modo de vivir las relaciones sexuales les vale a los dos implicados nada que objetar pero una no puede dejar de sospechar que detrás de eso más que asexualidad hay algún problema no resuelto bien de la chica o del chico. ¿Prejuicios míos? Posiblemente, pero dado que se recoge testimonio de chicas que afirman que los chicos «van a lo suyo» (esto es, a correrse), pues hay que indagar más si estamos ante una auténtica asexualidad como orientación o asexualidad por el motivo nada halagüeño de "no tengo más remedio que conformarme con esto"

Segundo. El asexual puede enamorarse y querer tener una relación de pareja. Esto es perfectamente comprensible. El problema a nivel psicológico está en cómo delimitar un enamoramiento asexual de una amistad profunda. Es un tema interesantísimo —al menos para mí, claro— que no es abordado en el libro.

Tercero. Los asexuales pueden masturbarse. Aquí ya hay un problema de concepto porque ¿es posible masturbarse sin mostrar atracción sexual por nada? Personalmente me cuesta ver cómo. ¿Prejuicio de heteromatriarca blanca occidental? Tal vez, pero estoy dispuesta incluso a admitir que quien se masturba tenga como objeto de su atracción sexual un objeto inerte (un zapato, unas bragas, la pata de una mesa, un Compendio de Derecho Procesal Civil, lo que quieras). Pero algo pasa por la mente al masturbarnos y eso es objeto de nuestra atracción. Si una pareja de asexuales, conviven entre sí, mantienen una relación amorosa pero cada uno se masturba en su cubículo, ¿estamos ante una relación asexual o una sexualidad kink de otro tipo? Vuelvo a lo mismo. Si les vale a ellos, si es consensuado y vivido sin angustias ni dramas, genial. Pero tal vez no sea eso asexualidad sino otro modo de sexualidad.

El BDSM sólo aparece citado en el libro en dos ocasiones y muy de pasada pero dado que muchas relaciones bedesemeras no tienen por qué suponer la penetración (al menos la realizada con órganos genitales) cabe preguntarnos si estamos ante otro tipo de asexualidad. Magali deja entrever que sí, que hay una asexualidad BDSM y aquí es donde no puedo estar más en desacuerdo. El BDSM es una forma de sexualidad y una orientación (como pueda serlo la asexualidad) no una ausencia de sexualidad o de atracción sexual. Que no se lleve a cabo por los cauces genitales heteronormativos tradicionales no implica que no sea una auténtica sexualidad. Igual que quien se masturba pero no quiere acostarse con su pareja no creo que pueda ser llamado asexual sino que tiene un tipo de sexualidad sui generis. Si es más o menos sana dependerá de cómo la viva quien la practica y su pareja.


Capítulo II. Las mil y una razones para no hacer el amor.

El capítulo se centra también en presentar la asexualidad como una orientación sexual. Sin embargo, a lo largo de este capítulo y los siguientes va lidiando la autora con otras formas de asexualidad que no son propiamente orientaciones. Hemos visto la asexualidad producida como efecto de la hipersexualización o la adicción a la pornografía. ¿Puede decirse que para estas personas es una orientación o identidad? Se describen casos de chicas y chicos que abrazan la asexualidad tras una serie de relaciones de pareja traumáticas o pocos satisfactorias. Para ellos la asexualidad es más bien un estado de calma y espera. Una pausa para centrarse en sí y esperar, si llega, la persona adecuada sin prisas y sin la maldita dopamina sexual. ¿Pero es esto una persona asexual? Creo que no, por más interesante y atinada que estén estas respuestas, en absoluto criticables. Los casos de asexualidad claros que aparecen y que sí pueden considerarse una orientación sexual como tal son aquellas personas que nunca han sentido ningún deseo sexual ni atracción y que incluso cuando lo han intentado han corroborado que no era para ellos.

Como podemos ver, la asexualidad y la abstinencia aparecen a ratos mezcladas en el libro. Pero la abstinencia en modo alguno implica asexualidad sino todo lo contrario. La persona abstinente es plenamente consciente de su deseo sexual. En el BDSM la abstinencia en relaciones D/s es una práctica relativamente común, con toda una serie de artilugios y dispositivos de castidad. Este fue el motivo, de hecho, que me llamó hizo comprarme el libro ya que intersecta directamente con mis intereses. Es una pena que Magali no estudie la abstinencia como una práctica sexual válida en sí misma como tal práctica y no como una suspensión de la sexualidad a la espera de algo. 

Como conocedora de la Historia antigua hay una cuestión que entronca con la vivencia de nuestras antepasadas griegas y, sobre todo, romanas. Me estoy refiriendo a la asexualidad y abstinencia como forma de escapar al heteropatriarcado. No discuto que sea una forma de escapar. Pero, y aquí hay que recalcarlo, no es algo actual como parece que se presenta en el libro. La consagración religiosa y con ella la abstinencia sexual, tanto en el paganismo como en el cristianismo, fue una forma de escapar al control del pater familias masculino. Durante los cientos de años de hegemonía religiosa cristiana a una mujer con vocación intelectual y de aprendizaje de letras o ciencias, sólo le quedaba la vida religiosa como opción capaz de colmar esos anhelos. Ser monja era la mejor forma de adquirir una relativa independencia del control directo de tu marido o tu padre. Ahora bien, presentarla como una alternativa actual corre el peligro de que por enésima vez las mujeres nos veamos condenadas al mismo dilema perverso: sacrificar nuestra sexualidad para avanzar en otros aspectos de nuestra vida. ¿Significa esto que hoy día no tiene sentido "salir del mercado sexual" para trabajar en ti misma? En absoluto. Puede tener todo el sentido del mundo. El problema sería presentarlo como una estrategia válida o deseable para todas las mujeres. Magali no lo hace, cierto, pero parece que sólo se puede luchar contra ese heteropatriarcado por la vía asexual. No entro tampoco en el tema del heteropatriarcado porque entonces no acabaría esta reseña en la vida. 


Capítulo III. Pulsión de vida, sublimación y poesía.

Se trata de un capítulo puramente psicoanalítico y por ello es el más flojo. De la jerga y las explicaciones psicoanalistas que se presentan en el libro me quedo con lo más racional y rescatable del psicoanálisis: los beneficios de reconducir la libido, de "reprimirla" y redirigirla hacia fines que nos ayuden a crecer como seres humanos. Como afirma Magali, con la asexualidad la libido cambia de objeto y nos muestra nuevos caminos de sublimación. Este es, con toda certeza, el camino que los sumisos en el BDSM exploran. Estar en castidad por estarlo no tiene tanto sentido como abrazar la castidad como forma de entrega a tu dominante y sublimar esa pulsión sexual en adoración y ofrecimiento.


Conclusión.

Concluye el librito reivindicando la asexualidad y abstinencia como formas de lucha contra la hipersexualización porno-comercial que invade todos los lugares. Califica esta hipersexualización de «asfixia» y reclama un nuevo modo de vivir la sexualidad. Es el momento de comentar que en España se ha castrado el título inicial del libro. En francés, como dije al principio, se titula La Revolución del No Sex. La edición castellana elimina su componente revolucionario. ¿Pura mercadotecnia? Puede ser, ya que el simple título No Sex queda más impactante. Pero hay algo de verdad en este retoque y creo que es un acierto por parte de la editorial: el No Sex no es propiamente una revolución porque, a pesar de lo que dice Magali, los dias de «gloria de la compulsión sexual» no han «llegado a su fin». 

Lo diremos en castizo para que se nos entienda: la jodienda no tiene enmienda. Podemos, sin duda controlarla y luchar por una sexualidad más sana; lo que no implica necesariamente tener que abrazar un sexo vainilla y mojigato. Significa que hemos de luchar siempre contra toda sexualidad que nos constriña ya sea por exceso o por defecto. Sabiendo que si estas a gusto, ser asexual o abstinente no es un drama como tampoco es el modelo de vida para todo el mundo. Este componente de control sobre tu propia vida erótica es acaso lo más interesante de la asexualidad y la abstinencia, y es algo que el BDSM bien entendido puede ofrecer al resto de orientaciones sexuales: la importancia del control de la sexualidad mediante reglas, protocolos, consenso y seguridad. 

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