Sobre la moralidad del BDSM

A menudo, quien no pertenece al ambiente BDSM o no está muy enterado del tema, se escandaliza de que las sumisas (y sumisos) nos declaremos propiedad de un Amo. Mi propio marido es reticente a que lo llame Amo o Señor incluso en la intimidad porque siente un cosquilleo en su conciencia que le indica que algo pudiera no andar bien. Afortunadamente, la esclavitud ya fue abolida hace mucho tiempo —no tanto como parece — y venir ahora con estos comportamientos parece no ya anacrónico sino hasta inmoral. En general la gente vainilla desconfía de que les digas que lo haces libremente. Hacen muy bien, porque hacer algo libremente no garantiza instantáneamente su moralidad, sino que es la condición de que ese acto pudiera calificarse de inmoralidad. Si no hacemos algo libremente no somos responsables y por tanto, no somos inmorales ni morales en nuestro comportamiento. Así pues, da igual que una quiera ser azotada, fustigada, colgada y constreñida libremente para luego dejarse penetrar los agujeros que Él quiera que sean penetrados. Aún siendo algo voluntariamente aceptado no dejaría, para la gente que no comprende el BDSM, de ser inmoral entregarse a otra persona como su propiedad .

Pero lo que constituyen verdaderamente en morales a estas prácticas es el bien que nos hacen, exactamente igual que ocurre en las prácticas vainilla. Para curarte una muela, tienen que pincharte y pasar un pequeño calvario. Nadie piensa que algo así sea inmoral. Si quieres dejar el alcohol o cualquier sustancia a la que seas adicto, si tienes que dejar la sal para no morir de un infarto, vas a pasar por un proceso muchísimo más doloroso psíquicamente que cualquier sesión BDSM estándar. Pero es por un bien determinado. En la vida sexual e íntima de una pareja bdsmera el dolor físico, incluso mental, puede refundirse y fusionarse con el placer y servir a un bien superior que en vez de rompernos nos recomponga. 

En mi caso, el bien es la serenidad mental. Es el equilibrio que aquieta mi mente y hacer que mi maldita ansiedad, una tortura peor que mil dentistas trasteando en mi boca, desaparezca y con ello alcance cierta paz vital.  Si lo que se hace en el marco del BSDM no sirve para el bienestar de las personas que lo practican, entonces estamos en una relación tóxica. Tan tóxica cómo pueda estarlo la relación heterosexual más socialmente normalita de nuestro entorno. Puede que él o ella no pongan el trasero rojo con una vara cada noche a su pareja, pero deslizan de vez en cuando comentarios hirientes, descalificaciones sutiles, menosprecios cotidianos. Cada uno hace unas tareas y se impone obligaciones que no quiere asumir para echárselas en cara a su pareja como si fuera un combate de boxeo. Hacen el amor con caricias en vez de follar salvajemente con floggers, mordazas y pinzas pero en el día a día ninguno hace lo que le hace feliz al otro. Hacen como si se amaran pero en realidad se odian mientras nosotros hacemos como si nos odiáramos cuando en verdad nos amamos. Ahí está el quid, la esencia del BDSM. Al menos, el que a mí me interesa. 

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