HOTELES (Segunda parte). Confesiones de una esposa sicalíptica.

Sigo acurrucada a su lado. Mantengo mis piernas pegadas a las suyas sintiendo su calor. Hemos conseguido dar con la rutina oculta. Esas normas de pareja que no se verbalizan pero que están ahí tan inalterables como el oro de nuestras alianzas. Iniciamos una conversación al respecto que camina por distintos senderos. Él empieza a rememorar situaciones. Se embala haciendo recuento de las veces que lo hemos hecho en hoteles. Tal y como lo cuenta parece que hubiéramos follado en ellos millones de veces. No son tantas, pero la gracia con la que Jose enumera los encuentros hace que todo parezca más sucio y excitante. Sutilmente me callo y lo dejo hablar apoyando mi cabeza en su pecho. Cuando termina le pregunto si tiene un ranking, de encuentros.

—¿Cuales han sido los tres mejores para tí? Dímelos y yo los escribiré para la web.

Piensa un ratito mientras yo no paro de reírme mirándolo picaronamente.

—Vale, ya los tengo.

Me los comunica en orden ascendente. Buena selección. Yo no hubiera puesto ese orden pero como es el suyo lo acato gustosa.

La medalla de bronce de nuestros encuentros sexohoteleros fue para un polvo que echamos antes de casarnos. No éramos exactamente novios. Explicaré el contexto porque si no, no se va a entender bien: él y yo nos conocimos en el 2007 aunque de vistas ya sabía de él por lo menos desde el 2001 en la época de las movilizaciones contra la LOU de Pilar del Castillo. Estaba metido en una asociación de estudiantes e iba a las asambleas a agitar el cotarro. A mí aquello no me importaba gran cosa. Un error porque ahora tengo que padecer como profesora las consecuencias y ecos de aquel engendro; pero por entonces a mí lo que me preocupaba era los parciales de Hacienda pública. El caso es que él era el único que llevaba el pelo corto entre el grupo de melenudos que lideraban aquellas asambleas. No me gustan los hombres con el pelo largo y por eso se me quedó grabada su cara. Todos los melenudos me parecen iguales. Una amiga me arrastró a aquella reunión estudiantil sin yo saber muy bien qué demonios hacía allí ni para qué. No fue amor a primera vista ni le presté más atención que la que he descrito. Era simplemente una de esas caras que conoces en tu entorno. En el 2007, como dije, nos presentaron cuando por azar del destino su grupo de amigos se acabó fusionando con el mío debido a conocidos comunes que se habían echo novios. En concreto, un primo suyo que estudiaba empresariales y una de mis compañeras de piso que estudiaba pedagogía. 

Estoy divagando demasiado. No contaré más porque no viene al caso pero lo cierto es que no llegamos a ser novios formales (¿existen novios que no sean formales?) hasta el verano del 2012. Durante ese tiempo, tonteamos, nos acostamos alguna vez y la cosa anduvo de modo intermitente debido a que precisamente aquel 2007 Jose entró como interino y lo enviaron como profesor a la otra parte de la Comunidad Autónoma. Además yo tuve una beca FPU que me mantuvo ocupada.  Insisto en que no voy a entrar más en esta cuestión porque espero tener tiempo para contar la vertiente sicalíptica de estas cosas. El caso es que en un puente de la Inmaculada coincidimos tras unos meses sin vernos. Debe haber sido sobre el 2009 o 2010. No éramos novios pero él sabia que yo le gustaba. Ya nos habíamos acostado un par de veces.  Por entonces no recuerdo que existiera el concepto de “follamigos” pero tampoco seríamos exactamente eso. Es raro de explicar. Me resulta difícil describir la relación. Creo que me veía como el polvo fácil y (casi) seguro.  «Esta moja las bragas por mí, así que cuando quiera la tengo» era, aproximadamente, lo que debía pasar por su mente.

Cuando le leo en voz alta este párrafo, Jose se ríe y me dice que no es así la cosa. Que vino con nosotros aquel puente porque Dani (un amigo) se iba a ir a Dublín después de las Navidades a aprender inglés por un año y era la última oportunidad de verlo. Y que verme a mí era otro aliciente más. Yo creo que ambas cosas no son incompatibles: vas a ver a un amigo y de paso te comes algo (a mí). Eso que ganas. No me lo va a quitar de la cabeza. Tampoco es que me importe, porque cuando me hablaron de quedar aquellas fiestas lo primero que pregunté es si venía Jose. «No sé» es todo lo que me dijeron las amigas y me sentó fatal. Pero él actualizó su facebook y supe que se apuntaba, así que yo también me sumé fervorosa a la quedada contenta de que según mis cálculos no iba a tener la regla en esos días.

Quedamos todos en el centro. Por entonces había locales donde bailar y tomarse algo. Ahora sólo hay restaurantes posmodernos y franquicias. Tras cenar en una hamburguesería nos fuimos a los garitos de baile y allá que estuvimos de un lado para otro según nos diera la gana. Así andamos toda la noche hasta las cinco de la mañana, de un lado para otro. Entre garito y garito, charla. Y entre charla y charla, acercamientos tácticos por su parte. Mi interacción con Jose iba de modo intermitente. En la primera conversación que tuvimos me preguntó por mi doctorado y yo correspondí preguntándole por su trabajo. Soltó mierdas sobre lo mal que estaba el nivel educativo de secundaria y poco más.  Las siguientes fueron más caóticas. Me abordó una vez en la calle para preguntarme por un cotilleo sobre una ruptura y reconciliación de una pareja del grupo. Le informé convenientemente. Tampoco la cosa fue a más. Cenando se había puesto a mi lado pero intentaba ignorarme engullendo una hamburguesa embadurnada de ketchup mientras hablaba con cualquiera menos conmigo si no era para soltar algún monosílabo roñoso. Desde luego la táctica funcionó porque yo me carcomía por dentro sin saber si realmente teníamos algo o ya pasaba de mí. Luego con los bailes y la bebida se soltó más. Los dos no hemos sido nunca de bailar mucho, pero entre ron cola y gin tonic el flirteo comenzaba a fluir. «Me gustan tus zapatos». Me acuerdo perfectamente de los zapatos porque todavía los tengo guardado en el trastero: unos bonitos slingback negros con el justo tacón como para no destrozarme la espalda y adornados con unas perlitas. Lo que él no podía ver es que bajo mi falda-pantalón estaba literalmente estrujada en una faja que apenas me dejaba respirar. La imprudencia me había hecho pedírsela a una compañera más menuda que yo. Quería que me viera espectacular y yo creo que lo estaba, la verdad. Al leer esto Jose me lo confirma pero podéis intuir cómo funciona mi mente: sé que si hubiera creído que estaba fea no iba a contradecirme.  Así que su confirmación lo que hace es que aumenten más mis dudas en vez de que desaparezcan. Puesto que aquella noche follamos, por lo menos follable estaba. Este es un dato empírico indudable.

Los acercamientos derivaron en roces y tocamientos variados. Nada de guarrerías. Jose siempre ha sido un caballero —a veces “demasiado” caballero— y no pasaba de zonas políticamente correctas. Cintura, mucha cintura y paseos de su mano por mi espalda quedándose estratégicamente a las puertas de los glúteos pero sin tomar posiciones. Yo muy digna, hacía cómo la que no sabía nada pero me mantenía lo más pegada a él siempre que podía. Por fin, en una de las salas empezaron a poner lentas. Sería sobre las cuatro de la madrugada y allí ya nos abrazamos y nos dimos el morreo protocolario. El tonteo continuó hasta que a eso de las cinco ya tocaba recogerse. Algunos amigos ya se habían ido mucho antes y los pocos que continuábamos empezamos a planificar nuestra vuelta.

—Voy a coger un taxi.—No sabía si había nocturno, pero no pensaba irme en autobús aunque lo hubiera.

—Podemos quedarnos ¿no?

Era la forma poco sutil de preguntarme si quería follar aquella noche. Porque quedarse en el centro es quedarse en un hotel. Y no sería para hablar sobre los principios generales del Digesto, que era lo último que andaba yo leyendo intercalando algún relato sadomaso de la web todorelatos para mantener mi cabeza cuerda.

Nos inscribimos en el primer hotel que nos encontramos. Tres estrellas. Pagó él con su tarjeta y recuerdo que este gesto me hizo sentir un poco putilla. Como si pagara por acostarse conmigo. Se suponía que como mujer moderna universitaria, y no siendo  pareja formal, no debía permitir que me invitara a nada. Menos aún al picadero. Cada uno su parte. Pero estas ideas no dejaban de ser un prejuicio un poco idiota porque me encantó que él pagara la habitación donde íbamos a revolcarnos. Recuerdo que subí por el ascensor eufórica de estar de nuevo junto a él. Al entrar nos tomamos nuestro tiempo besándonos y magreándonos un poquito. Me quita el abrigo; yo le quito la chaqueta. Continuamos con los besos. 

—Voy al baño.—Le digo.

No quiero que me vea aprisionada con aquella faja. Así que aprovecho para desnudarme tanto cómo puedo. Cuelgo el vestido en la percha y libero mis carnes de aquella tortura. Sensación de que me expando junto al universo que me rodea. Libertad. Con el sujetador y las bragas, después de orinar y lavarme, salgo del baño ya descalza sobre la moqueta de aquel Hotel. Jose está esperando. Me da un pequeño repaso con la mirada cómo el que inspecciona la mercancía para darle la aprobación («¡qué!» exclama cuando le leo esto antes de publicarlo).

—Me estoy meando.— Alcanza a decir. Romanticismo en vena. Entra detrás de mí, entorna la puerta y escucho el sonido del retrete. Ha bebido mucho. Está orinando. Oigo el bidé y sale con los pantalones puestos pero la camisa quitada. Quiero lanzarme y morder su pecho pero me contengo. Se quita ante mí los pantalones, los zapatos y nos abrazamos. No besamos y caemos en la cama dispuestos a la acción. 

Aquella noche quise entregarme. Esforzarme en sacar mi mejor cara porque en mis fantasías pensaba que si era buena y lo complacía no se iría nunca de mi lado. Así que bajé a su entrepierna, tomé su polla y se la comí como si no hubiera un mañana ni un pasado mañana. Hoy la polla de mi marido ya me la conozco a la perfección, cada vena y cada pliegue de su piel. Sé hasta dónde tiene un lunar que sólo se muestra cuando le recejes completamente toda la piel. Pero entonces era un pene casi nuevo para mí, prácticamente inexplorado, y quería topografiarlo a fondo. Lo chupo recreándome en él y entregándome tanto como puedo. No tarda mucho en pedirme que pare porque como siga así va a correrse. Se supone que si está bebido debe tardar más pero no sé qué hay de mito en eso. A veces bebido ha sufrido algún gatillazo y otras ha funcionado mejor al desinhibirse. Misterios de sexo masculino. Me toca en el hombro y subo para arriba. Al incorporarme se dedica a estimular mis tetas y luego baja con la lengua por mi vientre hasta la entrepierna. Yo encantada del viaje de su lengua sobre mí. Me entreabre y comienza a lamerme. La verdad, no del todo bien. Al leerle esto antes de subirlo a la web se me queda pasmarote: «¿en serio? ¿ahora me lo dices?». No pasa nada, cari, le digo. Comer un coño no es fácil y requiere años de dedicación porque cada uno es diferente. De cualquier modo yo fingía que aquello me está encantando y que poco menos estoy viendo las estrellas en tecnicolor. ¿Mentí? No del todo porque aunque sus técnicas de lamida y besuqueo vulval fuesen deficientes, el tenerlo entre mis muslos intentando agasajarme con su lengua ya me hacía sentir emocionalmente cosas más profundas que el simple roce lingüístico que estaba llevando a cabo. Yo podría estar así toda la noche con él jugueteando con su lengua en zona baja pero llegado un punto ya dura demasiado. Lo sé porque me vienen a la mente pensamientos intrusivos preguntándome qué tipo de relación tengo con Jose. ¿Me querrá como yo lo quiero? ¿Se irá? ¿Tendremos futuro? Uff, no quiero seguir pensando. Quiero follar y no pensar. No utilizo palabras. Muevo mi cuerpo de cintura para abajo con la intención de que viera que ya no quería más. Sube ahora y nos damos un buen beso. Un morreo inconstitucional que a mí me fascinó más que la comida de coño. Más que excitada estaba alterada. Para colmo deja de besarme y comienza a buscar algo alejándose de mí.

—¿Qué pasa? —Le pregunto.

—Los pantalones.

Estaba buscando el condón. Iba a decirle que tomo la píldora pero me contuve a causa de un pensamiento que me está bloqueando: ¿se trajo el condón expresamente pensando en que iba a acostarse conmigo o lo lleva ahí siempre por si acaso encartaba tirarse a alguna? En su día me callé la pregunta pero hoy al leerle estas líneas a Jose se la hago con claridad. «Ya lo sabes», me dice con una sonrisa que me encanta. Lo cantaban Los Rebeldes: no hagas preguntas si tienes miedo de las respuestas. Todos aquí ya la sabemos y sólo una cándida enamorada como yo eligió creer la menos evidente.

Se coloca el preservativo. Me hace gracia verlo de pie empalmado con aquello enfundado. Siempre ha sido una visión que me ha hecho gracia. No me preguntéis por qué. Se acerca a mí y yo lo recibo abriendo las piernas. Él sabe lo que tiene que hacer pero yo ayudo acomodando su polla con mi mano hasta que nos acoplamos perfectamente y comenzamos a movernos. Él por su parte y yo por la mía. Nos cuesta al principio compaginar el ritmo pero no tardamos en compenetrarnos. Vamos cambiando de postura. Durante un rato estuvimos de misionero. Me dio la vuelta y me coloqué encima cabalgándolo hasta que de nuevo volvimos al misionero para acabar a estilo perrito. Recuerdo que pensé en pedirle que me llamara perra. Que me dijera lo perra que era. Que era su perra y que siempre lo sería. Si en aquel momento mientras estaba follándome me lo hubiera gritado estoy casi segura que me hubiera corrido allí mismo por la intensidad del deseo de que me insultara e indicara que era de su posesión. Pero me callé. ¿Qué pensaría de mí si se lo digo? Extrañamente quería mantener una dignidad ante él que me gustaría perder completamente en su presencia. Por su parte sólo salieron unos tortazos a mi trasero que, la verdad, me resultaron meras caricias. Arrastré mi mano a la entrepierna y mientras él me penetra me estimulo el clítoris. Siempre me ha costado correrme con la mera penetración. Tengo que estar muy excitada y darse diversas condiciones mentales. Encorvada, manipulando mi entrepierna y con la cabeza pegada a las sabanas intentaba pensar en algo fuerte, algo que me ayudara a aumentar mi excitación. Me recreo pensando en que yo soy una esclava romana y el mi Señor. Una tontería pero me corro antes que él gracias a estos pensamientos y se lo hago saber con un gritito agudo. Se la saca, se quita el condón y eyacula sobre mi trasero pringándomelo al tiempo que da un rebufo de placer. Cae sobre la cama a mi lado y nos abrazamos dándonos un beso. No nos decimos nada. Es tarde. Tenemos sueño y al poquito rato ya estábamos dormidos.

Al día siguiente yo desperté primero y me duché sola. No quería despertarlo y no sabía qué hacer. Me hubiera gustado bañarme con él pero estar bajo el agua caliente a solas me ayudaría a pensar. Gran error. Me aumenta la angustia y los pensamientos recurrentes. La maldita ansiedad volvía. Mi cerebro lanzaba como una metralleta miles de preguntas sobre el futuro. Ahora que recreo aquel momento me hubiera gustado que la Isabel actual viajara a aquella ducha para decirle que todo iba a salir bien y que no se preocupara. Pero yo sabía que Jose tendría que volver al maldito pueblo del demonio que le habían dado como destino y que no íbamos a salir de aquella habitación siendo algo serio. Es más, hago aquí una confesión pública. Aunque en aquel momento me hubiera propuesto tener una relación formal de novios lo hubiera rechazado por el bien de mi salud mental. Puedo aguantar que esté lejos si no es mío ni yo soy suya. Viviendo a distancia yo podría desconectar de él y calmar estos pensamientos. De la otra forma hubiera sido un sufrimiento continúo. No obstante, tampoco hubiera servido de mucho porque seguí pensando en él. Yo ya me estaba vistiendo cuando él se despierta, me da un pico en los labios y me dice que va a ducharse. Lo hace y salimos a desayunar churros con chocolate por el centro de la ciudad. No nos hemos levantado muy tarde después de todo y disfrutamos paseando toda la mañana, visitando librerías de segunda mano y CDs en tiendas de música que hoy ya han cerrado. Almorzamos en un restaurante típico andaluz. Esta vez pagamos los dos a media aunque él insistía en invitar. No narraré más aquella mañana soleada de diciembre porque para mí es algo más íntimo que el polvo. Tal vez el polvo en sí fuera muy normalito pero, me dice Jose, el tiempo después hasta el almuerzo y el café hacen que tenga que estar en el top del ranking. Casi lloro porque pienso lo mismo. ¿Cómo no ser suya? 

Tras aquel café, se montó en el autobús que lo llevaba a la casa de sus padres. Allí tenía aparcado el coche con el que volvería a su puesto de trabajo. Yo volví a mi piso de estudiante. Me faltaban por leer dos artículos en inglés para el doctorado pero no tuve gana y los mandé a la mierda. Fuck you, fucking roman law!. Ojalá me tuviera atada con una correa y así nunca me separaría de él. No lo decía metafóricamente. Como me ocurre tras una crisis de ansiedad, la semana siguiente a nuestro encuentro no paré de tener pensamientos masoquistas e imágenes de sumisión. Me hubiera gustado poder decirle a aquella joven angustiada que algún día sí que sería suya. Pero por ahora sólo lo era del puñetero Derecho romano.

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