HOTELES. Confesiones de una esposa sicalíptica.

Una amiga por facebook ha hecho una reflexión que me ha parecido interesante: a menudo las parejas tienen ciertas costumbres y rituales implícitos que nunca han pactado y ni siquiera han conversado. Simplemente ocurren desde el inicio de la relación y así continúan. ¿Tendremos alguna de estas costumbres mi esposo y yo? 

Hemos follado dos veces en este puente y en las dos conversaciones poscoitales le he sacado el tema. La primera vez se lo tomó a broma y estuvo repasando conmigo situaciones candidatas a rutina implícita de pareja pero en la segunda se cabreó porque yo le daba vueltas y vueltas a las mismas cosas. «Déjalo ya», me dijo. «Busca otro tema para escribir». Una orden. Ya sabéis que intento construir una relación BDSM con mi esposo de sumisa/Dominante. Quiero que ordene y por ahora queda en mi mano obedecerlo o no; aunque se supone que mi rol es de obedecer, claro. Es lo que me he propuesto a mí misma, lo que me excita, me cautiva y quiero cumplirlo. Cierro el pico y me cuesta la vida misma no contradecirlo. Pero lo cierto es que me tranquiliza su orden y calma mi mente obsesiva-compulsiva. Me gusta esta obediencia. El niño se acaba de despertar y nos llama. Algo quiere. «Yo voy», me dice Jose y va a la habitación del peque a ver qué quiere. Mientras está atendiéndolo yo sigo calentita entre las sábanas. He dejado de darle vueltas a las cosas y sólo me centro en escuchar lo que pasa en la habitación contigua. Mi marido está trasteando la ventana. En ese mismo momento, como si fuera un flash mágico ve viene la rutina que buscaba a la cabeza. Vuelve Jose.

—¿Qué le pasaba?— Le pregunté.

—La ventana no se ha cerrado del todo y con el viento produce un silbido desagradable.

Le tenemos prohibido que toque los cierres de las ventanas, por eso nos llamó. Mi esposo entra de nuevo en la cama. Arrimo mis piernas a las suyas, le sonrío y le digo sin más «los hoteles». No me hizo falta decirle mucho más. También sonríe y asiente con la cabeza. «Eso es, los hoteles».

Pues sí. Los hoteles. No hay vez que no hayamos estado los dos en un hotel que no hayamos follado en él. No es algo que alguno de los dos hubiese verbalizado alguna vez, ni planeado, ni querido. Jose y yo repasamos intentando encontrar alguna vez que se hubiera roto la regla y no había ni una sola. Eso sí, tomando como unidad de referencia la reserva completa de Hotel y no cada uno los días seguidos de la reserva. Si hemos reservado un fin de semana no significa que esos dos días haya caído Roma. Pero uno de los días seguro que la saqueamos como Alarico. Y eso que la última vez casi se fastidia nuestra norma inconsciente. Desde que nació nuestro hijo no habíamos estado en ningún hotel ya que mientras era un bebé no quise viajar mucho. Pero este último verano, en agosto, fuimos a un parque acuático de la Costa del Sol y nos quedamos en uno. El niño dormía en nuestra misma habitación, en una cama aparte que habíamos pedido en la reserva. El peque cayó redondo tras estar todo el día disfrutando en el agua. Y de manera instintiva comenzamos a magrearnos para acabar echando uno de los últimos polvos más extraños que recuerdo con mi marido. Follamos de lado, cara a cara. Yo con una pierna aplastada por su cuerpo y la otra enroscada sobre otra de sus piernas. Los tocamientos fueron mutuos pero llegado el momento él toma la iniciativa. Teníamos pavor a que el niño pudiera despertarse por lo que fuimos silenciosos y calmados pero no fue un polvo corto. Al menos yo no lo recuerdo corto. En los años de relación que llevamos hemos echado polvos bastante rápidos pero este no fue uno de ellos. Mi marido se recreó estrujándome el culo con sus manos mientras me la metía. Mi vagina lo recibe al tiempo que mis brazos abarcan su espalda buscando mantenerlo cuanto más cerquita mejor. Me amasa el trasero y le susurro bajito «dame». Sabe a qué me refiero: quiero que me tortee el culo. Pero no quiere hacer ruido y en vez de azotarme me lo estruja con más fuerza; lo amasa con ira y aprieta cada uno de mis glúteos con furia mientras me penetra. Apenas resoplábamos para hacer el menor jaleo posible. Por alguna de las extrañas caras que pongo mientras me folla cree que ya me he corrido y acelera hasta vaciarse. Pero yo aquella noche no me corrí aunque disfruté mucho de la rabia con la que trató mi trasero. Según mi estado de ánimo el orgasmo no es algo que me importe ni obsesione conseguir pero sé que a él le importa que yo lo tenga y cuando lea estas líneas sabrá que no lo tuve. No lo fingí pero dejé que él así lo creyera. Si le parece mal que me castigue, que sabe que estoy dispuesta.

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