ESCUCHANDO FORNICAR. Confesiones de una esposa sicalíptica
No habría nunca imaginado que redactar estas confesiones hicieran que me vinieran tantos recuerdos a la cabeza. Asumo el consejo dado —mandado— por mi marido. No seguir un plan de escritura. Dejar que fluyan mis ideas. Y por eso romperé el orden. No narraré en esta confesión el segundo mejor polvo en hoteles que hemos tenido. Eso queda para la próxima ocasión. Ahora aprovecharé que, mientras escribía sobre aquel encuentro durante el puente de la Inmaculada, algo se escapó de los recovecos de mi mente. Volví a vivir una anécdota sin la mayor trascendencia pero que a mí me hace mucha gracia y por eso voy a narrarla. No hay mucho sexo así que perdón a los pajilleros que me leen. Otra vez podrán acariciar al señor Calvo.
Entré en la Universidad en 1997 tras la pertinente selectividad y COU. Alquilé, o mejor dicho, mis padres alquilaron un piso junto a otras tres estudiantes y allí pasé los primeros años de carrera. Años más tarde me mudaría a otro piso distinto, pero entonces estaba cerca del campus. En total, éramos cuatro chicas en plena pubertad. Una tuvo la genial idea de estudiar Teleco. Se le daban bien las matemáticas y creía que sería fácil. En el primer semestre se la follaron viva y no de la forma en la que nos gusta ser folladas a las mujeres. No aprobó ni cafetería. Así que con todo el dolor de su corazón decidió cambiarse de ciudad y carrera. Haría una diplomatura, de Enfermería creo. Pero eso ya sería el curso siguiente, por lo que se fue a su pueblo y nos dejó colgando el alquiler. No tardamos en encontrar sustituta; una eslovaca llamada Iveta muy pizpireta que medio hablaba español y medio hablaba inglés y con esas mitades a ratos nos entendíamos. No se acabó de integrar entre nosotras porque sólo estuvo el resto de ese curso en nuestro piso .
Siempre he solido trasnochar y dejar las cosas para último momento. Dos costumbres que se retroalimentan y generalmente no para bien. Recuerdo que tenía que presentar un trabajo para el día siguiente y andaba aquella noche apurada redactando en mi habitación un trabajo en un entrañable PC Intel 486. Me había tomado varias jarras de café y un Katovit. A ratos las piernas me temblaban del exceso de cafeína pero estaba focalizada y conseguí terminarlo a eso de las tres de la madrugada. Desde que tengo uso de razón sufro de ansiedad y este tipo de comportamientos no son los adecuados para calmarla. La Isabel de hoy le hubiera regañado a aquella pipiola universitaria pero verme en la ciudad, fuera de la casa de mis padres y con novio, me hacía sentir que podía con todo aunque fuera a última hora. Por cierto, ese novio no es Jose, sino Antonio. Fue con el que perdí la virginidad pero eso lo contaré cuando deba contarlo. Como he dicho, acabé por fin a las tres y pico de la mañana. Apagué el ordenador y decidí tomarme algo en la cocina antes de dormir las pocas horas de noche que quedaban.
Mi habitación estaba al fondo del pasillo que daba al salón. Para pasar a la cocina tenías, sí o sí, que atravesar ese salón. Yo hice todo esto a oscuras. No es tan difícil porque cuando llevas tiempo en oscuridad te acabas acostumbrado ya que la tiniebla no era total. Las luces de la calle entraban por las ventanas y realmente no tenía problemas para ver. Prefería mantener las luces apagadas para no despertar a nadie. Tampoco encendí la de la cocina. Quería hacerme un nesquit fresquito. Saqué la leche semidesnatada de la nevera, tomé el bote de la repisa y me senté en una silla diluyendo aquellos polvos y despejando mi mente embotada de horas delante del ordenador.
Y mientras le daba los primeros sorbos escucho que se abre la puerta. Entra Iveta con alguien. No sé quién es pero hablan bajito para que no se les entienda. Están hablando en inglés, sueltan algunas risas y al poco se tiran en el sofá. El inglés del muchacho es como el mío: con acento andaluz. Así que es español. Bien por Iveta. La puerta de la cocina está entreabierta y desde donde estoy sentada sólo alcanzo a ver parte del sillón donde los dos tortolitos se tiran. No veo mucho pero si escucho crujir a aquel sofá antediluviano. Creí que sólo se iban a magrear pero pronto supe que estaban follando. Debían de venir ya calentitos de fuera porque lo cierto es que no me dio tiempo a reaccionar. Quería salir a saludarles, lo juro. Pero una vez que empezaron a fornicar ya me corté. Me quedé petrificada, allí sentada y callada mientras estos follaban de lo lindo en el sofá. ¿Por qué no pasaron a su habitación? Yo todavía me lo pregunto y la única respuesta que me dí en su día y que sigo manteniendo hoy, es que Iveta era un puto desastre del orden. Todo lo tenía manga por hombro en su habitación: botellines de cerveza por el suelo, el cenicero con colillas, la ropa de cualquier manera puesta sobre la silla, los libros abiertos y manchados de café, y el armario como una jungla. ¡¿Por qué coño no metía su ropa en el armario?! Yo no lo vi, pero Marta, una de mis compañeras, me dijo que el armario estaba lleno de porquería variada. Os podéis imaginar cómo estaban aquellas sábanas. Debió cambiarlas sólo dos o tres veces en el tiempo que estuvo con nosotros. Joder, cuando no cerraba su puerta y pasaba delante de su habitación podía ver la cama desordenada con las sábanas manchadas de la regla. Asquito siento al revivirlo.
Así que cuando Iveta quiso catar rabo hispánico decidió que era mejor gozar en aquel sofá de tiempos de Arias Navarro que no mostrar al chico su cochambrosa habitación. Yo en aquel preciso momento no pensaba todo esto, claro. Bastante dolor de cabeza tenía de toda la noche enfrascada delante de la pantalla. Permanecí allí inmóvil como estatua. Pestañear pestañeé porque no tenía más remedio. Pero me paralicé. Me hubiera gustado poder describiros lo que él le metió a ella o lo que ella chupó o dejó de lamer o qué agujeros eslovacos acabaron recibiendo carne española pero lo cierto es que apenas vi nada. Sólo a ratos alcanzaba a ver el pie extendido de ella o la espalda de él en medio de la oscuridad. A mí el tiempo se me hizo eterno pero esto puede ser algo subjetivo ya que estaba cabreada. Bastante tarde me iba a acostar ya como para ahora tener que esperar a que estos acabaran la faena. Fui dando sorbitos al nesquik mientras escuchaba el folleteo. Ella decía en voz baja cosas en eslovaco y él, que no tenía que tener ni puñetera idea de eslovaco, sólo preguntaba «¿te gusta?¿te gusta?». Y eso es todo. Después de un rato dándole, acabaron y se quedaron fritos durmiendo en el sofá. Bueno, ella en el sofá, él se acostó en un sillón de escay que había al lado.
Antes de salir de la cocina me cercioré de que dormían. Él roncaba y fue lo que me indicó que no había peligro. Crucé el salón y volví a mi habitación. Quedaban como cuarenta y pico minutos para que sonara el despertador. «Me cago en tó». Recuerdo que mandé un mensaje de texto a Antonio con mi Nokia: “Hoy comemos en mi cafetería”, es decir, la de Derecho.
No me excité con aquello. La verdad. El único sentimiento que puedo rememorar es el de sentirme un tanto estúpida por haberme quedado allí sentada sin saber qué hacer. Lo mejor, sin duda, fue que almorzando se lo conté a Antonio y las risas ayudaron a mitigar el sueño que sentía.


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